Fascistas y demócratas


Sí, Estados Unidos eligió a Donald Trump como presidente, mediante un sistema democrático de colegio electoral, y según las reglas de la constitución de ese país. A muchos les gustó, a la mayoría del resto del mundo les molestó.

Qué le vamos a hacer, esa es la democracia. Sin embargo, lo que me parece curioso es la reacción desmedida y poco tolerante –en ciertos casos- de algunos simpatizantes de Hillary Clinton. Es verdad, el señor Trump no es lo que uno podría decir “un gentleman”; se le va la boca en insultos, en improperios indebidos, y en ciertas posturas discriminatorias no dignas de una persona que va a ocupar el cargo político más importante de Occidente.

Así no nos guste, el señor Trump ganó democráticamente en su país. El problema es que mucha gente –supuestamente liberal y progresista- no gusta de la democracia cuando los resultados electorales no salen como ellos quieren o desean.

Despotricar de la democracia está de moda, y siempre ha estado de moda. Defender la democracia es para ingenuos, para populistas, para demagogos, para incultos o para ignorantes –incluso-. En esta campaña han salido todos los demócratas o mejor dicho los fascistas con piel de demócratas a desvalorizar este sistema.

La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, según el decir de Lincoln, sin embargo, a muchos no les gusta eso de que sea el pueblo el que elija, preferirían que una dictadura, una élite o un grupo determinado lo hicieran. Son demócratas y liberales cuando les conviene.

Defender la democracia en ciertos círculos académicos, políticos y hasta religiosos es sinónimo de estupidez, lo inteligente es ser demócrata de fachada, pero en privado ser un fascista agresivo.

Ser ateo o agnóstico, materialista y fascista es lo políticamente correcto en determinadas esferas sociales. La democracia solo la defienden cuando conviene, esto es, para defender las libertades del sistema liberal –valga la redundancia- esto es, para propender por la defensa de la propiedad privada y del libre mercado, pero cuando se trata de acatar las decisiones democráticas puras ahí sí sale el “fascista interior”, no soportan que la gente o el pueblo tome las decisiones.

Ya va siendo hora de hablar sin tapujos: a muchos demócratas del mundo no les gusta la democracia, son demócratas disfrazados, son cripto-fascistas. Cuando se habla de proteger la propiedad privada y el sistema capitalista son liberales, pero cuando se trata de defender la democracia saltan como lobos contra la presa. Quisieran que alguien mantuviera la propiedad privada y el capitalismo a la fuerza, por las malas, tal como han hecho varios dictadorzuelos de antaño como Pinochet en Chile, o la Junta Militar de los 80 en Argentina. Eso es lo que les gusta.

Ahora que ganó Trump, esos cripto-fascistas salieron a despotricar del sistema democrático de Estados Unidos y de la gente que votó por Trump. Una analista en Colombia –por ejemplo-, de origen gringo, dijo esto sobre la elección de presidente de su país: “A Trump solo lo apoyan los hombres blancos de clase media-baja de poca educación, y que no se han podido insertar en el mercado laboral”; pues señora analista, tal vez Estados Unidos está compuesta en su gran mayoría por ese tipo de personas, porque Trump ganó. Una cripto-fascita la analista, es demócrata para defender la propiedad privada y el capitalismo pero no para defender las decisiones de la mayoría, que no creo que solo sean “hombres blancos de clase media-baja de poca educación”.

El problema es que la élite no está dominando las decisiones democráticas, tal como pasó en Reino Unido con el Brexit y ahora en los Estados Unidos con la elección de Donald Trump. Si quieren que la mayoría tome decisiones sensatas, inteligentes y serias, pues eduquen al pueblo. Formen políticamente al pueblo, pero no, la democracia “de papel” solo sirve para defender los privilegios de unos cuantos, para el resto del pueblo solo hay ignorancia, hambre, injusticia, corrupción.

Estados Unidos tomó una decisión soberana que debe ser respetada, el pueblo tomó una decisión y esa decisión debe acatarse. La democracia debe perfeccionarse no destruirse, ni desacreditarse, el problema es que a esos cripto-fascistas solo les sirve la democracia cuando se trata de defender privilegios de una minoría, de la que más dinero tiene; cuando las decisiones de la mayoría afectan a esa minoría adinerada entonces hablan de populismo, de demagogia.

El mundo necesita más democracia, para que se implante un sistema más justo y más equitativo que garantice el bienestar de la mayoría y no de unos cuantos. La democracia es el mejor sistema para garantizar eso, el problema es que muchos poderosos no son demócratas y son fascistas de corazón. Más democracia es lo que se necesita.   

¿El derecho a la libertad de expresión tiene límites?


Hay una frase célebre de Voltaire sobre este tema y que ilustra el problema de manera maravillosa: “Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero daría mi vida para que lo dijera”. Estupendo, eso se llama tolerancia. No estoy de acuerdo con sus ideas, pero sí estoy de acuerdo con que lo pueda decir.

La libertad de expresión es uno de los derechos de primera generación dentro del constitucionalismo liberal, viene desde la Revolución francesa, y es un derecho consignado en la mayoría de las cartas políticas del mundo. Es un derecho inobjetable, que se manifiesta como intrínseco a la naturaleza humana. La facultad de decir o de expresarme en sociedad - mejor dicho públicamente- como yo quiera. 

Como todos los derechos, la discusión sobre su naturaleza absoluta o relativa es cuestión de debate. ¿Tiene límites la libertad de expresión? ¿Cuáles son? ¿Quién los impone? ¿El Estado? ¿El propio individuo? En la mayoría de los Estados que consagran este derecho también hay desarrollo jurisprudencial sobre la materia, como en los Estados Unidos, donde este derecho está incorporado en la primera enmienda de la Constitución.

En el hemisferio occidental la actitud de las cortes y del poder legislativo sobre este derecho es la de ser proclive a una “amplia libertad de expresión” –salvo en algunos países de manera excepcional-, por lo tanto los límites a este derecho están determinados por el daño cierto y claro que se le causen a una persona con ocasión del ejercicio de la libertad de expresión.

En consecuencia, sí hay límites a la libertad de expresión: los derechos de los demás. Y más específicamente cuando se cause lesión cierta a esos derechos. Un ejemplo de límites a la libertad de expresión es la injuria y la calumnia, proclamar públicamente que alguien ha cometido un delito del cual es inocente es inferir daño al derecho de honra o de honor de una persona; lo mismo ocurre con la injuria.  

Sin embargo, ¿qué pasa cuando yo critico de manera violenta o apasionada a un grupo, a una persona o a una ideología? ¿Cuando los ofendo de manera directa, sin inferirles calumnia o injuria? Desde un punto estrictamente legal no abría afrenta por este motivo, y como ya he dicho la actitud de los jueces y de los legisladores en Occidente es la de ser complacientes o amplios frente a esta libertad. Si no hay un daño cierto no hay razón para indemnizar, para retractarse o para ser censurado.

Empero, si bien es cierto el Estado solo entra a regular o a castigar los excesos de la libertad de expresión cuando se ha cometido un daño, también es cierto que debe existir una autorregulación de quien expresa una opinión en público, o incluso, debería existir una especie de sanción social contra quien se extralimita en sus opiniones obscenas, abusivas o violentas contra una persona, un grupo, un sector de la sociedad o una ideología, o una religión.

En los medios de comunicación es común ver columnas, artículos o caricaturas en donde se mofan, se burlan o critican de manera exagerada la actitud de algún político, de algún famoso, o de cualquier persona que se mueve en la esfera pública. En el sistema democrático liberal el Estado no puede entrar a sancionar a nadie por eso, prevalece la libertad de expresión, sin embargo, sí sería necesario la autorregulación, la autocensura, para que estas prácticas no pongan en peligro la estabilidad y la moral social, y no generen un clima de violencia y de hostilidad innecesarios en una comunidad que necesita de todo lo contrario: paz y debate sereno.

La libertad de expresión abusiva, sin que esta libertad abusiva tenga consecuencias legales- debe ser materia de análisis por parte de los opinadores, de los articulistas, de los blogueros, de los periodistas, y de todos aquellos que están acostumbrados a manifestarse en los medios de comunicación masivos. La libertad de expresión también tiene una responsabilidad social, y si bien es cierto el Estado no puede entrar a acallar mis críticas burlonas o sarcásticas contra una persona, un grupo, una ideología, o una religión –salvo que la conducta sí se encuadre dentro de un delito- yo, como opinador público, debería pensar en la construcción y el aporte que mi expresión está dando a la sociedad. ¿Será que esas burlas, esos sarcasmos, esas groserías, son útiles para erigir una mejor sociedad, un mejor mundo? Es un tema de reflexión que también toca con la moral, con los valores imperantes y con la educación.   

Nobel para Santos



En mi opinión, muy merecido. El Presidente de la República se la ha jugado por la paz de Colombia en los últimos seis años, y era justo que su trabajo tuviera una compensación; por lo menos de este estilo: a través de un galardón de alto prestigio.

El 2 de octubre el pueblo se pronunció de manera negativa sobre los acuerdos entre el Gobierno y las Farc, un batatazo a esos esfuerzos que ha hecho el Presidente por conseguir la paz de nuestro país. Los opositores –encabezados por el expresidente Uribe- aseguran que los acuerdos son “dañinos para la democracia” y que enhorabuena fueron negados por los colombianos. Grave, se creó un limbo jurídico, no hay acuerdos válidos –aunque sí existen- y no hay forma de continuar con el proceso de paz, por lo menos como se venía llevando.

Se han creado varias comisiones –como siempre en Colombia- para resolver este entuerto, que en mi opinión solo beneficia a los opositores de Santos. Si el pueblo colombiano hubiera votado “SÍ” a los acuerdos de La Habana, las Farc y el Centro democrático hubieran pasado a mejor vida, mejor dicho, hubieran desaparecido del panorama político. Pero, al emerger el “NO”, tanto las Farc como el Centro democrático siguen vigentes en nuestro hábitat de poder en Colombia.

Como caído del cielo, el Comité Noruego del Premio Nobel le concedió este galardón a Santos; le dio más que respiración “boca a boca” al proceso, y de cierta forma, le da cierto revestimiento espiritual a la figura de nuestro Presidente; lo colocaron a la misma altura de gente como Nelson Mandela, la Madre Teresa de Calcuta, el Dalai Lama, y otras figuras de talla mundial que también han sido premiados con el Nobel.

Hasta el viernes los del NO se regodeaban con su pírrico triunfo del domingo anterior, aunque en realidad no habían ganado nada, solo se habían cruzado como vaca muerta en el sendero de la paz. El viernes todo cambió otra vez; Santos no cabía de la alegría cuando aceptó el premio, y con optimismo vemos que el proceso adquiere nuevamente vida, después de estar en el área de cuidados intensivos.

Uribe, el expresidente, pensó que su triunfo del domingo 2 de octubre era suficiente para destruir ese proceso que lleva seis años. Colombia ya no estaría a merced del Castro-Chavismo, ni del Socialismo del Siglo XXI, ni de los ideólogos de género –que promueven el homosexualismo y la destrucción de la familia-, ¡qué felicidad! Pero pronto se le empezó a borrar la sonrisa de la boca al líder del Centro democrático: la marcha de los estudiantes del 5 de octubre fue impresionante, monumental, emocionante, los jóvenes salieron a las calles a defender su futuro en paz.

Al día siguiente se supo, por boca del señor Juan Carlos Vélez Uribe, que el NO había utilizado –presuntamente- propaganda negra para calumniar los acuerdos de La Habana, que se había soltado una que otra mentirita piadosa para echarle agua sucia al proceso de paz, y que todo el objetivo era destruir esos acuerdos, lo cual reñía con la consigna de los líderes del NO: “Queremos la paz pero no regalándole el país a la guerrilla, toca renegociar con las Farc.”

Hoy, una semana después del plebiscito, Santos sonríe plácidamente, preparándose para ir a Oslo a recibir el Nobel en diciembre. Tiene un fuerte espaldarazo de la comunidad internacional, los del “NO” no saben cómo desmentir las supuestas confesiones de Vélez Uribe, y el proceso de paz con las Farc curiosamente hoy está más fortalecido que nunca.

Bien por Santos y por Colombia; este país no aguanta un muerto más por culpa de la guerra que se vive en nuestros campos y ciudades; desmovilizar a 6.000  guerrilleros tiene un alto costo para la institucionalidad colombiana, pero ese costo está compensado con la paz. Las Farc no fueron derrotadas en el campo de batalla y hacerlo requeriría de cinco años y cien billones de pesos más. Absurdo. Por eso se llevó a cabo un proceso de paz y no un proceso de rendición como quisieran  muchos. El problema es que esto no es un juego, la guerra destruye vidas reales, y genera heridos reales, y miseria real, no virtual. Es muy fácil pregonar la guerra desde un cómodo apartamento en el Norte de Bogotá, pero muy difícil soportar este conflicto en las zonas rurales donde se siente la zozobra, la muerte, el desplazamiento, la guerra. No es un tema de “mamertos” ni de “fachos” es un tema práctico y ético. El Nobel nos cae desde el cielo a los colombianos que queremos vivir en paz de una vez por todas, en un país donde todos quepamos: los de derecha, los de izquierda, los de centro, los blancos, los negros, los indios, los mestizos, los heterosexuales, los homosexuales, todos. El problema es que hay una gente que no quiere esto, que quiere ver a Colombia todavía en el período colonial, y que no se ha dado cuenta que estamos en la segunda década del siglo XXI.

¿Se embolató la globalización?


Al momento de escribir este escrito se anuncia con bombos y platillos la llegada al despacho del Primer Ministro del Reino Unido de una mujer: Theresa May. Geógrafa de la Universidad de Oxford y exsecretaria del Interior, la señora May tendrá una difícil labor: completar el proceso de salida de la Unión Europea de su país, o a contrario sensu, echar para atrás el “Brexit” y recomponer el camino europeísta del Reino Unido.

No nos cabe la menor duda, el “Brexit” es el golpe más fuerte que ha recibido la globalización en los últimos años. Todo ese proceso de concentración de poder en los órganos burocráticos de la Unión Europea ha sido mancillado por parte de los británicos. Es muy chistoso, pero aquí en Colombia los medios de comunicación tratan de explicarle a la gente el “Brexit” con medias verdades, por ejemplo: “Eso del Brexit es una manifestación de populismo”, “la gente votó el Brexit engañada” o “el Brexit es de derecha.”

No señores, los británicos han tratado de salirse de la Unión Europea desde hace varios años. Lo que ocurre es que las élites de ese país están divididas sobre este asunto. Por un lado, hay algunos que prefieren hacer parte de este organismo supranacional por una sencilla razón: les va bien. En ese grupo están los banqueros, las grandes transnacionales, el gran capital. Pero, hay otro sector de la élite británica que no le jala a la Unión Europea, ¿quiénes? Un sector político grande (no necesariamente ni de derecha o de izquierda), y sobre todo: Los que buscan que Reino Unido conserve o recupere su papel de Imperio global perdido en el Siglo XIX y principios del XX con el advenimiento del monstruo de Occidente: Los Estados Unidos de América.

La globalización no es internacionalización, la globalización es concentración de poder. Eso ya lo querían o anhelaban los templarios en la Edad Media, que Europa tuviera un solo rey o emperador, que este continente tuviera un solo centro de impulsión política. Eso es la globalización. Los estadounidenses buscan liderar la globalización, los europeos también, los chinos no se quedan atrás, y los rusos preguntan: ¿Y por qué nosotros no? Todos quieren el poder como en la serie de televisión “Game of thrones.”

Ahora bien la globalización tiene un enemigo feroz y no es el Reino Unido o los líderes populistas británicos, europeos o americanos. El principal enemigo de la globalización es la gente común y corriente, el ciudadano raso que no se ve beneficiado por la globalización de ninguna forma. Ese ciudadano de a pie es el escollo más grande que debe superar la globalización. Los británicos no son estúpidos –como según nos lo dicen los medios colombianos-. No, los británicos tomaron una decisión consciente y aterrizada: pertenecer a la Unión Europea no les sirve, no les sirve la globalización. Punto.

El gran temor de los globalistas es ese: que la gente se despierte, que la gente empiece a tomar las riendas de su propia vida, que la gente empiece a prosperar por su propia cuenta. El “Brexit” es solo la punta del iceberg de lo que se nos viene, del poder de la gente. Las élites quieren aglutinar y acumular poder, pero ese proceso está dejando perdedores por todos lados: en América, en Europa, en África, en Asia. Esos perdedores no lo van a ser toda la vida, y se están organizando al margen de las directrices políticas, económicas o sociales “unanimistas”. Esta gente se está empoderando de su entorno, de su vida y están generando cambios en su casa, en su barrio, en su aldea, en su ciudad y próximamente en su país, y en el mundo.


Las élites globales no se quedarán mirando impertérritas cómo se desvanece el “sueño global”, no señores, las élites mandan y quieren mandar más. Es por esto que el “Brexit” será utilizado por las élites para recomponer el proceso de acumulación de poder en Europa. Utilizarán el “Brexit” para afianzar ese proceso de concentración de poder: ¿Desde el Reino Unido? ¿Será el Reino Unido el elegido para salvar la globalización en Europa? Podría ser. Y entonces, todo ese cuento de que el “Brexit” es una manifestación de populismo se vendría a pique y significaría todo lo contrario: El afianzamiento de Londres como centro de poder europeo en desmedro de Bruselas, Berlín o París. 

Brexit: ¿Populismo o afirmación de soberanía?


Ya lo saben todos: el Reino Unido –mediante referendo- decidió salirse de la Unión Europea; este proceso se denominó como “Brexit”. De hecho, este Estado hacía parte de ese organismo supranacional pero con algunas salvedades, por ejemplo, no adoptó el Euro y continuó manejando su moneda nacional: la Libra esterlina.

Los opinadores serios –porque me imagino que hay otros que no lo somos- salieron inmediatamente a considerar el “Brexit” como una muestra o exhibición del más puro y vulgar populismo. Para estos opinadores la democracia es el gobierno del pueblo donde no manda el pueblo sino las élites, y cuando el pueblo decide no lo llaman democracia sino eso, populismo o demagogia.

Un opinador –de los serios, claro- comparó la decisión de los británicos de salir del “Brexit” con la nominación –o posible nominación- de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos-. Es que el populismo se tomó el mundo si no miren lo de Trump, o lo del Brexit (estoy siendo sarcástico).

En primer lugar quiero decir que la democracia “es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” decía Lincoln; o sea que quienes toman las decisiones son las mayorías. En segundo lugar, afirmar que el Brexit es un golpe para la benéfica globalización, pues, siendo justos sí, es un golpe para el proceso globalizador. Ese opinador –de los serios- decía algunos años que la globalización era lo que permitía que Shakira cantara “Magia” –una canción de su autoría- no en Barranquilla su hogar local, sino en Shangai o en Sao Paulo, o en Miami. Para este opinador la globalización es eso: una simple internacionalización. Pues no, la globalización no es eso, no hay que confundir las dos cosas.  

Tercero, el pueblo británico o del Reino Unido (Inglaterra, Gales, Escocia, Irlanda del Norte) decidió irse de la Unión Europea porque se le dio la gana, así de simple. No somos británicos para saber el sentimiento nacional que los embarga; probablemente hay mucha gente allí que quiere permanecer en la Unión Europea, pero lo cierto es que la mayoría no, y precisamente no por eso podemos asegurar que los británicos sean brutos o estúpidos.

Cada vez que la gente toma decisiones en contra del sentimiento o de los intereses de las élites dicen que eso es populismo. Si no les gusta la democracia implanten en sus Estados otro tipo de sistema político: plutocracia, aristocracia u oligarquía. Dejen de decir que la democracia es simple y llanamente libertad. No, la democracia no es solo libertad, también es poder de decisión, para que la mayoría pueda comer, pueda dormir bajo un techo, pueda tener un trabajo, pueda educarse, pueda tener salud. La democracia no es solo que los ricos tengan la libertad de enriquecerse más y más a costa de los demás.

Sobre lo de Trump, pues… no hay que comparar una cosa con la otra; Trump es una expresión no de la democracia estadounidense sino de todo lo contrario: de la plutocracia; él está allí para que gane el candidato del status quo, así de simple. No es democracia, ni populismo, es simple y llanamente un engaño, una treta.

Volviendo al “Brexit”, creo que los británicos no merecen el calificativo de populistas, o de tontos, o de pendejos. Creo que los británicos simplemente ven problemas con la Unión Europea y no quieren naufragar con ese barco que está haciendo agua. La Unión Europea es un experimento globalizador muy interesante pero ha terminado siendo un instrumento para estandarizar y promover el sistema –ya caduco y anacrónico- de dominación. La Unión Europea les sirve a las transnacionales, al sector empresarial duro, a los industriales multimillonarios, pero probablemente no le está sirviendo a la gente del común. La gente quiere cooperar, quiere ayudarse unos con otros, quieren progresar, ¿para eso ha servido la Unión Europea? Quién sabe.

Hay mucha ignorancia sobre este tema; como la de aquel opinador que piensa que la globalización es poder cantar no en Barranquilla sino en Miami. No señor, eso no es la globalización; que es en realidad un proceso de acumulación de concentración de poder en pocos centros de impulsión como lo serían Estados Unidos y Europa. ¿Si ve que la cosa es diferente?

Sobre Trump, pues ni siquiera merece mayor debate, fue simplemente una pantalla para mostrar algo que no es o que no hay. Otra muestra de ignorancia de nuestros serios opinadores faranduleros.

La democracia –y no la demagogia- en teoría se presenta como el sistema político más legítimo y más moral; la decisión del pueblo de autogobernarse; sin embargo, este proceso implica equivocaciones, pero también determina que la gente quiere eso: vivir mejor; y eso no se lo están dando las élites. ¿Y es que el terrorismo, la injusticia, el hambre, la corrupción, la pobreza son muy bonitas? No, la gente está cansándose de los engaños, de la tretas, de las estafas, todas con la finalidad de enriquecer a esas élites más y más, a costa de todos; porque esas élites no llegan a ser el 1% de toda la humanidad.

En el tema del “Brexit” y de Donald Trump, y de la globalización, se cumple a cabalidad –con respecto a los opinadores serios o faranduleros- este aforismo: “La ignorancia es atrevida.”

¿Qué está pasando de verdad en La Haya?: Crónica de una derrota anunciada




En el día de ayer, la Corte Internacional de Justicia de La Haya desestimó las excepciones presentadas por Colombia en las demandas que incoara Nicaragua ante ese organismo.

Colombia pidió a la Corte declararse incompetente ya que el Estado denunció el Pacto de Bogotá por medio del cual se remitían las controversias judiciales entre las partes a ese organismo de justicia internacional. También afirmó que ya había cosa juzgada por el fallo que el mismo tribunal emitió en 2012.

¿Qué está pasando en La Haya? Que el tema ya está perdido lamento anunciarlo, ¿por qué? Porque el tribunal de justicia internacional nos está aplicando la Convención del Mar de 1982.

En resumidas cuentas la Convención del Mar es un instrumento jurídico que fue elaborado a instancias de las potencias internacionales para limitar el espacio vital marítimo de los países que no son potenciales mundiales. En este sentido, la realidad de la globalización le está pegando a Colombia en la cara; la globalización es un movimiento de monopolización del poder internacional, y por lo tanto los países con hegemonía mundial no están dispuestos a permitir que otros Estados se conviertan en potencias emergentes.

La utilización de normas jurídicas para limitar el desarrollo económico, social, industrial y científico de las naciones no es nueva. Por ejemplo, los tratados en el marco de la Organización Internacional del Comercio son claras talanqueras para la expansión económica de los Estados en vías de desarrollo, la protección a ultranza de las economías domésticas de las potencias mundiales es el objetivo principal de estos tratados. El Estatuto de Roma, del cual no hace parte Estados Unidos, y que implementa la Corte Penal Internacional también es una línea roja para los Estados que probablemente violan los derechos humanos en confrontaciones bélicas o en conflictos internos como guerras civiles; todo bajo la luz de la concepción del derecho humano de Occidente.

La tesis del dominio global de Estados Unidos se ve traducido en tres posturas de política interna norteamericana y que tiene como vertientes a las siguientes líneas de acción: 1. El hard power, o poder de acción directa a través de guerras e intervenciones directas; 2. El soft power o poder blando a través de espionaje, y 3. El poder normativo, o intervención en los Estados a través de normas jurídicas y tratados internacionales.

Las convenciones internacionales son el instrumento de dominación de la tercera postura; por lo tanto, Colombia ya tiene perdido esa zona de diferendo con Nicaragua, la Corte Internacional de Justicia de la Haya está aplicando la Convención del Mar de la cual Colombia no hace parte, pero no para beneficiar al Estado centroamericano sino para limitar a Colombia en su expansión marítima.

¿Esto lo sabe el gobierno colombiano? ¿Lo sabe la élite colombiana? Probablemente sí; el expresidente César Gaviria poco después de conocer la providencia del Tribunal de la Haya sobre las excepciones previas presentadas por Colombia, aseguró: “Queremos saber si Nicaragua o la Corte Internacional de La Haya le están aplicando la Convención del Mar a Colombia”. ¿Esto qué quiere decir? Que la élite colombiana sabe desde hace rato que esto se venía venir. Que las potencias internacionales a través de normas jurídicas, en la política de dominación global, le están aplicando a Colombia una limitante en su expansión marítima.

¿Qué ocurre con las potencias? ¿A ellos no se les aplica la Convención del Mar de 1982? Pues no lo necesitan, la Corte Internacional de Justicia de la Haya ha regañado, vapuleado a Estados Unidos en diferentes fallos, pero a ellos no les importa, tienen el ejército más poderoso del mundo y ellos imponen las condiciones cuando se les da la gana (recordemos Iraq o Afganistán). El derecho internacional no es más que un mecanismo de imposición de limitantes para los países que no son potencias, en este caso Colombia.

¿Cómo Gran Bretaña puede tener un territorio de ultramar tan lejos de sus costas como son Las Malvinas? Porque Gran Bretaña es una potencia; porque ganó una guerra contra Argentina y porque ha impuesto su hegemonía política frente a un país del tercer mundo como lo es la Argentina.

Colombia debería ahorrarse todo ese dinero que está gastando en abogados para defenderse ante la CIJ y pensar hacia futuro, en cómo contarle a la gente que esa zona marítima se perdió (aunque nunca fue de Colombia) y cómo empezar a sacar adelante a este país sin ese diferendo limítrofe. El actual gobierno simplemente está difiriendo las malas noticias hacia futuro, para que otro presidente le diga a los colombianos: “Ese territorio se perdió, lo siento”. Colombia, de hecho, no acató públicamente el fallo de 2012 pero en la práctica, en el terreno sí lo hizo. Los barcos de la Armada Nacional han respetado los límites que impuso ese fallo, y desafortunadamente tendrá que hacerlo con las nuevas directrices que determine la Corte Internacional de Justicia de la Haya. Colombia está sintiendo los rigores del advenimiento del Nuevo Orden Mundial, donde Estados Unidos no quiere potencias que le hagan pantalla, ni mucho menos posibles potencias emergentes que obstaculicen su programa de dominio global.  

foto: www.nacion.com    

La Justicia



Me refiero a la equidad, al orden armónico entre los hombres, no al aparato estatal de dictar fallos. ¿Para qué sirve la Justicia? Para, precisamente, mantener la paz en la sociedad. En una comunidad humana donde la Justicia está ausente no hay civilización, orden, y por lo tanto esa comunidad humana en vez de progresar hacia niveles más altos de desarrollo decae en el salvajismo, en la anarquía.

La Justicia es un tema muy debatido en el derecho porque supuestamente hay diferentes conceptos sobre ella; para algunos es un tema caduco, anacrónico; para otros, la Justicia es lo que determina el legislador, la ley. De cierta forma, la Justicia como concepto está atada al status quo imperante, él dice lo que es justo y lo que no.

La Justicia trata de mantener unas condiciones mínimas de armonía y de paz en la sociedad, porque allí, donde no hay Justicia, los hombres deciden agredirse a sí mismos, deciden simplemente ejercer la facultad de imponer la condición del más fuerte. La Justicia del más fuerte no es justicia, o no es verdadera justicia. Por lo tanto, si aceptamos los postulados del iusnaturalismo, tenemos que decir que sí existen unas leyes universales, unos postulados morales que trascienden a las sociedades, a los hombres, a la artificialidad del Estado.

¿Cómo conocer esos postulados universales? Los iusnaturalistas religiosos, como santo Tomás de Aquino, afirmaban que usando la razón y la fe; los iusnaturalistas racionalistas pretendían que solo utilizando la primera se podía llegar a la verdad. Yo creo que cualquier medio es válido para llegar a esa verdad absoluta, sin embargo, en la vida cotidiana hay muchos ejemplos de aplicación de términos de Justicia utilizando el sentido común.

La tendencia natural del hombre es “hacia lo bueno, lo bello y lo verdadero” afirmaba  Platón; el ser humano quiere el bien, desea el bien, y para eso la naturaleza lo dotó de razón, de instinto, de intuición, de alma, de emociones. El hombre sabe en esencia lo que está bien, y lo que está mal. Matar es malo, robar es malo, engañar es malo, lesionar a otro es malo; no necesitamos una cátedra de moral para saber que ciertas actitudes y ciertos comportamientos son maléficos per se.

Las sociedades, desde la antigüedad, han creado aparatos artificiales para aplicar justicia, para dar justicia. Esos aparatos artificiales son los jueces, los tribunales, las cortes. ¿Cómo aplican justicia esos jueces, esos tribunales, esas cortes? A través de la aplicación de la Ley, de las directrices supremas de esa sociedad. ¿Esas directrices supremas, por el simple hecho de serlas, son justas? No necesariamente, dirían los iusnaturalistas; los positivistas afirmarían que “no importa”, el hecho es que existen esas directrices en la sociedad, y los jueces deben aplicarlas para que haya Justicia en la sociedad. O sea, para los positivistas hay Justicia en la medida que los jueces apliquen la Ley dada por el aparato estatal así esas directrices no se encuadren en un modelo de equilibrio y de virtud universal. Para los positivistas no existe esa moral única, para ellos solo existe el Estado y esas directrices (o normas de conducta) que determinan los parámetros de comportamiento de los componentes de ese Estado.

La Justicia es un valor, que no puede ser desdeñado para favorecer otros fines del Estado, ya que precisamente esos otros fines no se pueden conseguir si no hay Justicia. En una sociedad carente de Justicia los hombres se sienten mal-tratados, se sienten incapaces de progresar, sienten incertidumbre frente al futuro por culpa del desorden imperante en el presente. En una sociedad carente de Justicia el conflicto aparecerá tarde o temprano, habrá sensación de desorden, de marginalidad, y por lo tanto, la oposición hacia el status quo generará ruido en las relaciones sociales que podría desencadenar un caos, y un desmembramiento del Estado.

La Justicia no es valor menor para la sociedad, solo las comunidades humanas con altos estándares de justicia universal pueden salir adelante, pueden progresar, pueden desarrollarse. Y ojo, estamos hablando de justicia universal, no de justicia subjetiva o artificial, porque allí, donde la Justicia es vista como normas relativas de convivencia que pueden cambiar de acuerdo a los valores efímeros y superfluos del momento presente, allí no habrá verdadera Justicia, solo habrá justicialismo que algo diferente a la Justicia.   

El derecho penal debe ser más pragmático


Uno de los objetivos del derecho penal es castigar las conductas que agredan los bienes jurídicos tutelados por el Estado. Otro de los objetivos de este derecho es disuadir a los potenciales delincuentes de cometer hecho ilícitos; y por último, el derecho penal busca con el castigo resocializar a los criminales.

En la mayoría de los sistemas jurídicos civilizados el castigo más utilizado es el de limitar la libertad, la cárcel. Las penas privativas de la libertad son las penas más frecuentes en el derecho penal. Sin embargo, ¿son efectivas esas penas? ¿Sirven realmente para disuadir a los potenciales delincuentes? ¿Sirven para resocializar a los reclusos? La respuesta probablemente sea la de: No.

El derecho penal actual presenta el castigo de limitación de la libertad como un mal menor o como un mal necesario; como que no existe otro castigo; como que no se puede hacer más. Yo pienso que la pena de restricción de la libertad debe ser impuesta en casos extremos, o para delitos mayores –o graves- como el de homicidio, el de secuestro, el de terrorismo, el de acceso carnal violento, agresión con ácido o para delincuentes reincidentes.

Mandar a la cárcel a un delincuente debe ser la excepción y no la regla. Es claro, hay criminales muy peligrosos que deben ser recluidos en centros de detención debido a su inclinación psicológica por “hacer el mal”, son personas que no pueden estar sueltas por ahí. Sin embargo, yo creo que para otro tipo de delitos –como los que atentan contra el patrimonio, o delitos técnicos como captación masiva de dinero- podrían tener castigos basados en el resarcimiento patrimonial o en multas que realmente reparen el daño causado.

Las cárceles están atestadas de gente –por lo menos en Colombia, y creo que en otras partes del mundo también-; la violación a los derechos humanos en esos centros de detención está al orden del día debido a la sobrepoblación carcelaria. Es necesario que las cárceles estén habitadas realmente por criminales peligrosos, por personas que al estar en libertad se convertirían en un peso para la sociedad. Sin embargo, muchas de las personas que están en las cárceles ni siquiera tienen una sentencia encima, y en muchos otros casos esas personas no revisten realmente un peligro para el resto de los ciudadanos.

La pena privativa de la libertad debe ser impuesta –como ya lo expliqué- para delitos graves, mayúsculos, para casos realmente abominables. Hay otros castigos que deberían imponerse y que serían más eficaces para disuadir a los delincuentes, y para prevenir con mejor contundencia el acaecimiento del crimen. Las multas; las penas o sanciones sociales, como la publicación en medios de comunicación masivos de los nombres de los delincuentes; el trabajo social; el trabajo comunitario; el trabajo cívico, como recoger basura o asear andenes; el trabajo agrario, etc.

Al Estado le cuesta mantener un recluso en una prisión, es un gasto. El derecho penal debería pensar que una forma de reducir costos en el gobierno es precisamente el de descongestionar las cárceles. Yo sería –o soy- más proclive a pensar que la multa es un excelente castigo, ¿por qué? Porque a la gente le duele el bolsillo, le duele pagar, le duele hacer emolumentos en los cuales no haya beneficio personal. Las multas son utilizadas comúnmente por el derecho administrativo sancionador pero no por el penal. Yo creo que ya llegó la hora de cambiar penas de prisión o de cárcel por penas basadas en pagar dinero. Sobre todo me refiero a los llamados delitos técnicos en los cuales no se lesionó la humanidad, o la corporeidad de nadie, pero en los que sí se puso en vilo un bien jurídico tutelado como el patrimonio, o el orden económico. Para esos delitos la sanción debería ser la multa. Una multa bien grande. ¿Qué ganan las víctimas de un desfalco, de una estafa, de una captación ilegal de dinero, con tener a los victimarios en la cárcel? Nada; lo que necesitan esas víctimas es que principalmente se les resarza su patrimonio lesionado.

En el siglo XXI debería humanizarse mucho más el derecho penal, que ya de por sí se ha humanizado demasiado desde hace dos siglos y más; pero ahora el reto no es humanizar sino hacer práctico el derecho penal, hacerlo más pragmático; más útil a los requerimientos de la nueva sociedad y de la nueva humanidad que está emergiendo en el horizonte. Cumplir con el objetivo de resocializar al delincuente, y de hacer de los centros carcelarios lugares donde haya dignidad humana y donde el prisionero si ha cumplido con la pena tenga una perspectiva hacia futuro de ser un componente útil a la comunidad que ha ofendido. Una especie de transmutación de personalidades es lo que debería haber en las cárceles, pero eso no se puede hacer si están demasiado sobrepobladas.

Los castigos sociales a veces son más eficaces y más baratos que la reclusión carcelaria. Las listas públicas de delincuentes con sentencia en firme; la publicación de las fotografías de los criminales son más disuasivas – a veces- que encerrar a una persona en una celda por uno, dos, tres o cinco años.

La cárcel debe quedar para la gente más peligrosa, para quienes realmente sean un factor maligno absoluto. Los homicidas, los terroristas, los violadores, los secuestradores, los que atacan con ácido a otra persona, los reincidentes; esa gente sí debe estar encerrada para que reflexione, para que piense en lo que ha hecho, y para que sean analizados con más calma por las autoridades sanitarias de las prisiones: psicólogos, trabajadores sociales, médicos, etc.

El Estado no puede seguir violando los derechos humanos de los prisioneros por falta de dinero; es por esto que desocupar esos centros de detención es necesario para ocuparlos con verdaderos criminales; crear otras penas más eficaces y más disuasivas como las multas, las sanciones sociales, el trabajo comunitario y cívico, y los castigos que tengan como finalidad transmutar, reconvertir, y reeducar al delincuente. El derecho penal debe dejar esa traza histórica de la ley del Talión (“ojo por ojo, diente por diente”) y empezar a ser más realista, menos vengativo y más pragmático.  

Democracia real y democracia virtual


¿Cuál es el mejor sistema político? Esta pregunta ronda las mentes de los filósofos del poder desde épocas milenarias, desde los griegos, pasando por santo Tomás de Aquino, los racionalistas europeos, los liberales, etc. ¿Cuál es el sistema político que asegura mayor bienestar para todos los ciudadanos de una Nación? ¿La democracia?

Hay dos frases célebres, de dos personajes célebres, acerca de la democracia. Una es de Lincoln, que dice: “La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. La otra se le atribuye a Winston Churchill, y dice: “La democracia es el peor sistema político con la excepción de todos los demás.”

Hoy en día, por lo menos en Occidente, estamos de acuerdo con que la democracia es el menos malo de todos los sistemas políticos, y por eso está incluida en todas las constituciones civilizadas del mundo. Le democracia tiene mil defectos pero por los menos es el más presentable de todos los sistemas de poder.

Sin embargo, y no estoy descubriendo que el agua moja, la democracia genera varias suspicacias entre muchos poderosos, o entre los poderosos; entre aquellos que detentan realmente el poder en un mundo capitalista –e incluso en el socialista-.

La democracia es como un mal menor para muchos. ¿Por qué? Porque es el sistema –que en teoría- asegura que la gente se sienta conforme, que la gente no se subleve, que la gente no se enfurezca. Si hay malos gobernantes es porque ustedes –el pueblo- los eligieron, afirman los poderosos.

Si en una dictadura, o en una monarquía absoluta, o en una aristocracia, hay hambre o injusticia, pues el pueblo se siente legitimado para entrar a protestar de manera violenta, porque ellos –los poderosos- están pasándose de la raya. Recordemos la Revolución francesa como ejemplo práctico de lo que he dicho hasta ahora. En la Francia de Luis XVI y de María Antonieta, el pueblo creyó prudente enviar a los reyes a la guillotina por no pensar en ellos, por dejarlos morir de inanición, de miseria.

En la democracia esto es más complejo porque el pueblo es el que elige, y si elige mal pues… aguántense. Ahí está la treta de los poderosos en las actuales condiciones, en los actuales tiempos. En un modelo capitalista de libre mercado hay algunos que acumulan mucho y otros que no tienen nada. Eso es de sentido común. El problema del capitalismo es la acumulación, la desigualdad, la injusticia, el desbalance entre los ricos y los pobres. Al capitalismo le está pasando lo mismo que a la democracia: es un sistema horrible, pero es preferible que el temido socialismo.

En este mundo que vivimos la democracia está incluida en todas las constituciones de los Estados civilizados –como ya dije-, sin embargo, esa democracia real, esa democracia donde todos tienen posibilidades, donde todos pueden asegurar una vida digna, es irreal, no existe. O mejor dicho, existe pero solo en el papel, en teoría.

Como lo ha denunciado el profesor Noam Chomsky en Estados Unidos, la democracia que tenemos en Occidente es una democracia “comprable”, es una democracia que -como todo en el capitalismo- está sujeta a las leyes del mercado, y por lo tanto solo los más poderosos la pueden adquirir para satisfacer sus propios intereses.

Digamos que lo que tenemos realmente es una democracia virtual, una democracia donde en teoría el pueblo es el que elige a sus gobernantes. ¿El pueblo elige realmente a sus gobernantes? ¡Claro! ¡En las elecciones! Sin embargo, esas elecciones donde libremente se escogen a los gobernantes realmente no son tan libres. ¿Por qué? A nadie lo obligan a ir a votar –por lo menos mayoritariamente-, pero, los candidatos que aparecen con mayor opción para ganar son aquellos que han sido apoyados por los poderosos. Mejor dicho, aquellos candidatos que tienen más recursos económicos para sus campañas son aquellos que aparecen con mayor opción para ganar, y son aquellos que son votados por el público en general.

Los poderosos se valen de la libertad del capitalismo y de la democracia para elegir a los gobernantes que protegen sus intereses. El pueblo raso termina siendo un idiota útil de todo esto. El show de la democracia termina siendo solo eso: un show.

Mientras tanto, el pueblo sigue pasando penurias: hambre, injusticia, corrupción, terrorismo, delincuencia, desempleo, etc. Sin embargo, como fueron ellos los que “eligieron” en teoría a sus gobernantes pues no hay forma de protestar, de pedir un cambio contundente. Los poderosos simplemente ríen, se frotan las manos y afirman: “Esa es la democracia”. 

¿Vargas Lleras presidente de Colombia en 2018?


Durante el parte de tranquilidad que daba el jefe de Estado -Juan Manuel Santos- al finalizar los comicios electorales del pasado 25 de octubre, hubo un detalle que todos los televidentes pudimos apreciar de manera notoria: la sonrisa del vicepresidente Germán Vargas Lleras.

Claro, había motivos para estar contento; el movimiento del exsenador, exministro y exconcejal de Bogotá había ganado las alcaldías en dos de las ciudades más importantes de Colombia: Bogotá y Barranquilla. En total, obtuvo la victoria en nueve alcaldías de capitales de departamento, y en cinco gobernaciones (sin sumar las coaliciones en otras zonas).

Podemos decir que Vargas Lleras fue uno de los grandes ganadores en estas elecciones. Su trayectoria política comenzó en el Concejo de Bogotá, luego saltó al Senado donde fue presidente de esa corporación, y en 2010 decidió respaldar la candidatura de Santos, después de deponer la suya propia. Eso le valió para ser nombrado como ministro de Interior y Justicia, y después de Vivienda. En 2014, luego del retiro de Angelino Garzón, Vargas Lleras se convirtió en el vicepresidente de la República, con la misión a su cargo de fortalecer dos ministerios claves: Infraestructura y Vivienda (cartera que ya había ocupado en el pasado).

Este político, que pertenece a una de las castas aristocráticas más importantes de Colombia: la de la familia Lleras, se graduó de abogado de la Universidad del Rosario, como sus otros dos hermanos, José Antonio y Enrique, y desde hace varios años está apuntalando su perfil para convertirse en el primer mandatario de los colombianos; como ya lo hizo su abuelo Carlos Lleras Restrepo en 1966.

Vargas Lleras ha sido víctima de dos atentados contra su vida; en uno de ellos, perdió partes de algunos de sus dedos, y en otro, se salvó de milagro, cuando explotó un carro-bomba al paso de la caravana que lo transportaba. Tiene fama de malgeniado, de estricto, pero también de tener posturas rígidas y polémicas.

Es natural y elemental que en el 2018 quiera presentarse a la contienda electoral para ser elegido presidente de Colombia, sin embargo, hay un obstáculo ostensible: no tendría la bendición de su actual jefe, Juan Manuel Santos. Si bien es cierto, Vargas Lleras es el coequipero de Santos en el Gobierno, este no estaría tan inclinado a respaldar la candidatura de aquel por un motivo grandísimo: el nieto de Lleras no estaría ciento por ciento convencido del proceso de negociación con las Farc. Es por esto que Santos no le daría su bendición en 2018 como heredero de la Unidad Nacional. El partido Liberal tampoco lo respaldaría porque esa colectividad estaría inclinada a irse con candidato propio, en la persona de Humberto de la Calle quizá, o de otro político en ascenso como lo sería Juan Manuel Galán; no sabemos.

Vargas Lleras tiene varios factores a favor que le podrían beneficiar en 2018; en primer lugar, que es el actual vicepresidente de la República, eso pesa mucho en un país presidencialista como este, fuera de eso, el manejo y la supervisión de dos ministerios –vivienda e infraestructura- dan un buen empuje e imagen a cualquier político con aspiraciones serias. En segundo lugar, Vargas Lleras es un avezado del mundo electoral, es un político profesional; su conocimiento del entramado del poder en Colombia es milimétrico, puntual y amplio. En tercer lugar, tendría el apoyo en la Costa del clan familiar Char, lo cual no es despreciable para quien quiera hacerse con el solio de Bolívar; y en Bogotá, los buenos resultados que seguramente conseguirá Peñalosa los podrá reclamar indirectamente Vargas Lleras. En cuarto lugar, Vargas Lleras es un consentido del status quo, tiene buena imagen dentro del empresariado colombiano y dentro de las Fuerzas Armadas, y sobre todo, dentro de la clase dirigente de este país.  

Los vientos que tendría en contra su candidatura presidencial también son bastante serios. Juan Manuel Santos, en 2018, si el proceso de paz culmina exitosamente, necesitaría de un presidente de la República que ejecute el tan manido “post-conflicto”; y Vargas Lleras no es precisamente el hombre que representa esto. Su silencio frente a las negociaciones de La Habana ha sido una muestra de que no estaría o está muy feliz con el asunto, del todo. Para reemplazar a Santos, dentro del partido de la U, se estarían barajando los posibles nombres de Mauricio Cárdenas Santamaría o de Juan Carlos Pinzón. Vargas Lleras también tiene en contra que su nombre está sonando para presidente de la República desde hace rato, y por lo tanto sus adversarios ya han tenido tiempo de sobra para obrar en contra de su candidatura. Por ejemplo, en el Congreso se tramitó una reforma que solo permite al Vicepresidente presentarse a las elecciones como Presidente si se retira por lo menos un año antes. Vargas Lleras disparó las alertas de sus adversarios desde hace rato y eso no sería bueno para sus aspiraciones. El factor sorpresa está anulado completamente. En 2018 se desbarataría la Unidad Nacional, ya que el partido Liberal iría con candidato propio, lo mismo sucedería con el partido de la U, y es probable que el partido Conservador también lleve a alguien de manera independiente. Cambio Radical sería el único bastión de Vargas Lleras, y si solo se presenta por este movimiento, las cosas no estarían tan fáciles del todo. 

El paso del tiempo es otro enemigo de Vargas Lleras, ya que si las elecciones fueran hoy no habría duda de que él picaría en punta en esta competencia, sin embargo, faltan tres años o dos años y medio todavía –para ser exactos- y eso es mucho tiempo; cualquier cosa podría pasar de aquí a allá, y en Colombia esa posibilidad de cambio es muy probable. Por ahora, la posibilidad de que en 2018 Germán Vargas Lleras sea el próximo presidente de la República es muy alta, altísima, sin embargo, también hay muchas variables que él no puede manejar y que serían serios obstáculos para que esa hipotética situación se haga realidad de verdad.  


Las cárceles


La sanción penal, nos enseñan los especialistas, tiene varios objetivos. Por un lado, es punitiva, esto es, que es un castigo, que es como una especie de venganza, o vindicta, como dirían los romanos. De hecho, la sanción penal –como castigo punitivo- se deriva de la antigua ley del Talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. Sin embargo, desde la Revolución francesa la sanción penal ha adquirido otros objetivos o matices, su naturaleza se ha ampliado; esto es, que ya no solo tiene como finalidad “vengarse” o castigar al culpable de un delito, sino que ha adquirido otras funciones más prácticas y humanas como las de disuadir y resocializar al delincuente.

En general, en el mundo occidental el castigo penal habitual es la pérdida de la libertad, ir a una cárcel. La responsabilidad penal tiene como finalidad proteger los bienes jurídicos más preciados por la sociedad. El castigo o sanción penal, entonces, es el más gravoso dentro de los distintos tipos de corrección que puede llevar a cabo la sociedad contra un individuo. Sin embargo, en otros países no es así todavía, la pena de muerte es aplicada aún en Oriente y en Estados Unidos, convirtiéndose allí en la sanción más gravosa, más delicada.

Las cárceles son los lugares destinados a que los sancionados con pena privativa de la libertad cumplan su pena allí. Por un lado, se castiga al delincuente; por otro lado, se disuade al resto de la sociedad de cometer delitos; pero también, se busca rehabilitar al convicto, reformarlo, insertarlo de nuevo en la sociedad. Aunque, cuando se impone la cadena perpetua, este último objetivo queda totalmente desvirtuado.

Muchos piensan que el derecho penal no sirve, que es inocuo, que es irracional; sin embargo, yo creo que esta es una postura extrema que se basa exclusivamente en las razones que llevan a cometer un crimen: pobreza, desequilibrios psicológicos, mala educación, tendencia al delito, inmoralidad, etc. Los abolicionistas del derecho penal piensan que deben subsanarse principalmente las razones que dan lugar al delito, y dejar en el olvido o proscribir el castigo porque es una solución demasiado violenta, anacrónica o inútil.

Hoy en día, como ya dijimos, la pena tiene estos tres objetivos: castigar, disuadir y resocializar. Sin embargo, las cárceles –en su gran mayoría- no están cumpliendo con esta última finalidad: la de resocializar. ¿Cuántas veces hemos escuchado en los medios de comunicación que los establecimientos penitenciarios son universidades del crimen? ¿Que los criminales menores que entran a la cárceles, al salir de estas, terminan convertidos en doctores del delito? ¿Que en las cárceles también se delinque? ¿Que las cárceles en Colombia están atestadas de gente? ¿Que en las cárceles se irrespetan los derechos humanos de los internos?

Es verdad que quienes van a estos lugares han cometido un error, y que en ciertos casos pueden ser errores graves o muy delicados. La sociedad necesita castigar a estas personas; de paso disuadir al resto de la gente para que no cometa esos mismos errores, y adicionalmente, tratar de reformar al delincuente para que cuando salga a la libertad sea una persona de bien. Las cárceles no pueden ser centros vacacionales o recreativos, eso lo tenemos claro, pero tampoco pueden ser establecimientos donde se amplifique el dolor y el padecimiento humano.

Dentro de la política criminal de los Estados debe establecerse claramente un objetivo: que cualquier persona que entre en una cárcel debe ser tratada con respeto y dignidad, y que cuando salga de esta debe ser otra persona desde un punto de vista moral. Las cárceles son el reflejo de la sociedad, si una comunidad está enferma la cárcel mostrará este aspecto de la misma forma; en Colombia, por ejemplo, el hacinamiento carcelario es excesivo; eso ocurre porque hay muy poquitas cárceles, y porque las sanciones penales generalmente consisten en pena privativa de la libertad. Sin embargo, es verdad que el Estado y la sociedad, en general, deben bregar por anular las causas del delito y no por concentrarse en su castigo.

¿Qué lleva a una persona a cometer un delito? Los criminalistas han respondido desde distintas posturas históricamente. Unos dicen que se debe a una tendencia genética –el criminal nato-; otros atribuyen la causa del delito a deficiencias culturales, educativas y morales; y otros sencillamente le atribuyen a la pobreza ser la principal causante de la delincuencia. Como ya dije, el Estado debe concentrarse en anular estas causas, en generar una política criminal de prevención y no en simplemente castigar; y por último, en humanizar los establecimientos penitenciarios.

Perder la libertad ya de por sí es grave, delicado; y si a eso le sumamos estar sometido a una tortura debido a las condiciones del castigo, pues la pena se convierte en un infierno, lo cual es inhumano. Estas personas no solo no terminan resocializadas, al salir de la prisión, sino que llegan a ser verdaderos expertos en el crimen.

La sociedad debe preocuparse un poco más por estas personas que están privadas de su libertad. Debe concentrarse en destruir las razones que llevan a una persona a cometer un delito, e invertir mucho más en la resocialización de los delincuentes. Es un tema de humanidad, de compasión, de moral, de progreso.