Por el futuro de Colombia


Escribo estas palabras en un tiempo coyuntural para nuestro país, cuando debatimos si votamos por el “SÍ” o por el “NO” a los acuerdos de paz entre el Gobierno y la guerrilla de las Farc. Puede sonar extraño o a cierto tufillo de lagarto, o de indeciso, pero, en realidad, no estoy inclinado por ninguna de las dos posturas de manera contundente, ¿por qué? Porque me parece que ambos bandos: el de Juan Manuel Santos y el de Álvaro Uribe tienen, en parte, la razón. Ambos dicen cosas ciertas y valederas, por eso, para mí, como ciudadano común y corriente es muy difícil decantarme por una o por otra posición.

Es verdad, Colombia lleva desangrándose más de cincuenta o sesenta años en una guerra fratricida, de baja intensidad –como la llaman los expertos-, pero que ha dejado miles, o cientos de miles de muertos, y de familias destruidas. Tal vez Colombia necesita una oportunidad, y esta oportunidad está representada por la paz; por un acuerdo de cese al fuego y de desmovilización de las Farc, que es supuestamente lo que va a suceder si se vota “Sí” al plebiscito que refrendará popularmente estos acuerdos.

De otro lado, el bando del “No”, liderado por el expresidente Uribe afirma que debe haber un cierto grado de castigo para los líderes guerrilleros que cometieron actos atroces, y que por ningún motivo se le debería dar participación política a esta gente mientras no hayan pagado sus penas o su deuda con la justicia. Tienen razón. Después de la Segunda Guerra Mundial Alemania entró en un período de anestesia colectiva. A los nazis se les perdonó y se les condonó todo lo que hicieron durante la guerra –a excepción de los Tribunales de Nuremberg-, sin embargo, un sector de la justicia germana agarró el toro por los cuernos y llevó hasta los estrados judiciales a los responsables de los crímenes contra la humanidad en el campo de exterminio de Auschwitz. La impunidad es muy peligrosa hacia futuro.

Yo no creo que Juan Manuel Santos sea un “cripto-comunista”, pero tampoco creo que Álvaro Uribe sea un “paraco”. No creo que los que están a favor del “Sí” quieran convertir a Colombia en una segunda Cuba, o que los que están a favor del “No” sean guerreristas consumados o traficantes de armas. Ambos bandos tienen la razón.

Los unos proclaman el valor de la paz como el más importante para desactivar la crisis colombiana, y los otros proclaman la justicia como una forma de no desencajar o desbarajustar el ordenamiento jurídico colombiano. Ambos valores no se contraponen: el de la paz y el de la justicia. Ambos valores son importantes para mantener el Estado Social de Derecho y para hacer progresar a la sociedad.

Yo, a pesar de mi teísmo consumado, estoy de acuerdo con la posición de la Conferencia Episcopal Colombiana de la Iglesia Católica sobre este aspecto: que sean los ciudadanos los que voten de la mejor forma. Creo que los colombianos decidirán cuál de las dos posiciones es la más adecuada, pero en este momento no tengo una definición clara sobre el asunto, me gustaría conocer el futuro en una bola de cristal para saber qué nos depara la vida y actuar de conformidad, pero creo que no lo lograré porque el futuro solo lo conoce Dios. Eso sí, me gustaría que hubiera diálogo constructivo entre ambos bandos (entre el “Sí” y el “No”) y que por fin haya una verdadera reconciliación en nuestro país.

Colombia no necesita más confrontaciones, Colombia necesita salir adelante, necesita empleo para los desempleados, comida para los hambrientos, casa por los desarraigados, salud para los enfermos, educación para los ignorantes y para los analfabetos. Eso es lo que necesita nuestro país. No más bandos, no más guerras –ni de baja, ni de alta intensidad-, no más conflictos, no más divisiones. Lo que necesita Colombia es prosperidad, es riqueza, es abundancia, es salud, es educación, es vivienda, es trabajo, es ambiente sano.

Los colombianos tenemos que dejar las “distracciones” a un lado y pensar en tomar nuestras vidas en nuestras manos, dejemos que los políticos sigan en sus juegos, mientras que nosotros –los ciudadanos- le damos forma a nuestros hogares, a nuestros barrios, a nuestros pueblos, a nuestras ciudades, a nuestra Nación. Llegó la hora de construir una Nueva Sociedad, llegó la hora de abrirle la puerta al progreso en Colombia.

Cuando los colombianos vayan a votar el plebiscito por la paz háganlo de forma consciente, con los ánimos sin exaltar, con la cabeza fría. Es por el futuro de nuestro país; vote “Sí” o vote “No”, no lo haga con miedo o con rabia; háganlo con amor y con confianza. Pero lo más importante que debe recordar estimado compatriota es que somos los ciudadanos los que construimos y diseñamos el futuro de Colombia, y que lo más importante es que las personas comunes y corrientes tomemos consciencia que nuestras vidas las construimos nosotros mismos. Que la comida, que la educación, que la vivienda, que el empleo, que la salud, son los factores más importantes de desarrollo para una sociedad; lo otro, lo otro déjenselo a los políticos.     

  

¿Se embolató la globalización?


Al momento de escribir este escrito se anuncia con bombos y platillos la llegada al despacho del Primer Ministro del Reino Unido de una mujer: Theresa May. Geógrafa de la Universidad de Oxford y exsecretaria del Interior, la señora May tendrá una difícil labor: completar el proceso de salida de la Unión Europea de su país, o a contrario sensu, echar para atrás el “Brexit” y recomponer el camino europeísta del Reino Unido.

No nos cabe la menor duda, el “Brexit” es el golpe más fuerte que ha recibido la globalización en los últimos años. Todo ese proceso de concentración de poder en los órganos burocráticos de la Unión Europea ha sido mancillado por parte de los británicos. Es muy chistoso, pero aquí en Colombia los medios de comunicación tratan de explicarle a la gente el “Brexit” con medias verdades, por ejemplo: “Eso del Brexit es una manifestación de populismo”, “la gente votó el Brexit engañada” o “el Brexit es de derecha.”

No señores, los británicos han tratado de salirse de la Unión Europea desde hace varios años. Lo que ocurre es que las élites de ese país están divididas sobre este asunto. Por un lado, hay algunos que prefieren hacer parte de este organismo supranacional por una sencilla razón: les va bien. En ese grupo están los banqueros, las grandes transnacionales, el gran capital. Pero, hay otro sector de la élite británica que no le jala a la Unión Europea, ¿quiénes? Un sector político grande (no necesariamente ni de derecha o de izquierda), y sobre todo: Los que buscan que Reino Unido conserve o recupere su papel de Imperio global perdido en el Siglo XIX y principios del XX con el advenimiento del monstruo de Occidente: Los Estados Unidos de América.

La globalización no es internacionalización, la globalización es concentración de poder. Eso ya lo querían o anhelaban los templarios en la Edad Media, que Europa tuviera un solo rey o emperador, que este continente tuviera un solo centro de impulsión política. Eso es la globalización. Los estadounidenses buscan liderar la globalización, los europeos también, los chinos no se quedan atrás, y los rusos preguntan: ¿Y por qué nosotros no? Todos quieren el poder como en la serie de televisión “Game of thrones.”

Ahora bien la globalización tiene un enemigo feroz y no es el Reino Unido o los líderes populistas británicos, europeos o americanos. El principal enemigo de la globalización es la gente común y corriente, el ciudadano raso que no se ve beneficiado por la globalización de ninguna forma. Ese ciudadano de a pie es el escollo más grande que debe superar la globalización. Los británicos no son estúpidos –como según nos lo dicen los medios colombianos-. No, los británicos tomaron una decisión consciente y aterrizada: pertenecer a la Unión Europea no les sirve, no les sirve la globalización. Punto.

El gran temor de los globalistas es ese: que la gente se despierte, que la gente empiece a tomar las riendas de su propia vida, que la gente empiece a prosperar por su propia cuenta. El “Brexit” es solo la punta del iceberg de lo que se nos viene, del poder de la gente. Las élites quieren aglutinar y acumular poder, pero ese proceso está dejando perdedores por todos lados: en América, en Europa, en África, en Asia. Esos perdedores no lo van a ser toda la vida, y se están organizando al margen de las directrices políticas, económicas o sociales “unanimistas”. Esta gente se está empoderando de su entorno, de su vida y están generando cambios en su casa, en su barrio, en su aldea, en su ciudad y próximamente en su país, y en el mundo.


Las élites globales no se quedarán mirando impertérritas cómo se desvanece el “sueño global”, no señores, las élites mandan y quieren mandar más. Es por esto que el “Brexit” será utilizado por las élites para recomponer el proceso de acumulación de poder en Europa. Utilizarán el “Brexit” para afianzar ese proceso de concentración de poder: ¿Desde el Reino Unido? ¿Será el Reino Unido el elegido para salvar la globalización en Europa? Podría ser. Y entonces, todo ese cuento de que el “Brexit” es una manifestación de populismo se vendría a pique y significaría todo lo contrario: El afianzamiento de Londres como centro de poder europeo en desmedro de Bruselas, Berlín o París. 

Brexit: ¿Populismo o afirmación de soberanía?


Ya lo saben todos: el Reino Unido –mediante referendo- decidió salirse de la Unión Europea; este proceso se denominó como “Brexit”. De hecho, este Estado hacía parte de ese organismo supranacional pero con algunas salvedades, por ejemplo, no adoptó el Euro y continuó manejando su moneda nacional: la Libra esterlina.

Los opinadores serios –porque me imagino que hay otros que no lo somos- salieron inmediatamente a considerar el “Brexit” como una muestra o exhibición del más puro y vulgar populismo. Para estos opinadores la democracia es el gobierno del pueblo donde no manda el pueblo sino las élites, y cuando el pueblo decide no lo llaman democracia sino eso, populismo o demagogia.

Un opinador –de los serios, claro- comparó la decisión de los británicos de salir del “Brexit” con la nominación –o posible nominación- de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos-. Es que el populismo se tomó el mundo si no miren lo de Trump, o lo del Brexit (estoy siendo sarcástico).

En primer lugar quiero decir que la democracia “es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” decía Lincoln; o sea que quienes toman las decisiones son las mayorías. En segundo lugar, afirmar que el Brexit es un golpe para la benéfica globalización, pues, siendo justos sí, es un golpe para el proceso globalizador. Ese opinador –de los serios- decía algunos años que la globalización era lo que permitía que Shakira cantara “Magia” –una canción de su autoría- no en Barranquilla su hogar local, sino en Shangai o en Sao Paulo, o en Miami. Para este opinador la globalización es eso: una simple internacionalización. Pues no, la globalización no es eso, no hay que confundir las dos cosas.  

Tercero, el pueblo británico o del Reino Unido (Inglaterra, Gales, Escocia, Irlanda del Norte) decidió irse de la Unión Europea porque se le dio la gana, así de simple. No somos británicos para saber el sentimiento nacional que los embarga; probablemente hay mucha gente allí que quiere permanecer en la Unión Europea, pero lo cierto es que la mayoría no, y precisamente no por eso podemos asegurar que los británicos sean brutos o estúpidos.

Cada vez que la gente toma decisiones en contra del sentimiento o de los intereses de las élites dicen que eso es populismo. Si no les gusta la democracia implanten en sus Estados otro tipo de sistema político: plutocracia, aristocracia u oligarquía. Dejen de decir que la democracia es simple y llanamente libertad. No, la democracia no es solo libertad, también es poder de decisión, para que la mayoría pueda comer, pueda dormir bajo un techo, pueda tener un trabajo, pueda educarse, pueda tener salud. La democracia no es solo que los ricos tengan la libertad de enriquecerse más y más a costa de los demás.

Sobre lo de Trump, pues… no hay que comparar una cosa con la otra; Trump es una expresión no de la democracia estadounidense sino de todo lo contrario: de la plutocracia; él está allí para que gane el candidato del status quo, así de simple. No es democracia, ni populismo, es simple y llanamente un engaño, una treta.

Volviendo al “Brexit”, creo que los británicos no merecen el calificativo de populistas, o de tontos, o de pendejos. Creo que los británicos simplemente ven problemas con la Unión Europea y no quieren naufragar con ese barco que está haciendo agua. La Unión Europea es un experimento globalizador muy interesante pero ha terminado siendo un instrumento para estandarizar y promover el sistema –ya caduco y anacrónico- de dominación. La Unión Europea les sirve a las transnacionales, al sector empresarial duro, a los industriales multimillonarios, pero probablemente no le está sirviendo a la gente del común. La gente quiere cooperar, quiere ayudarse unos con otros, quieren progresar, ¿para eso ha servido la Unión Europea? Quién sabe.

Hay mucha ignorancia sobre este tema; como la de aquel opinador que piensa que la globalización es poder cantar no en Barranquilla sino en Miami. No señor, eso no es la globalización; que es en realidad un proceso de acumulación de concentración de poder en pocos centros de impulsión como lo serían Estados Unidos y Europa. ¿Si ve que la cosa es diferente?

Sobre Trump, pues ni siquiera merece mayor debate, fue simplemente una pantalla para mostrar algo que no es o que no hay. Otra muestra de ignorancia de nuestros serios opinadores faranduleros.

La democracia –y no la demagogia- en teoría se presenta como el sistema político más legítimo y más moral; la decisión del pueblo de autogobernarse; sin embargo, este proceso implica equivocaciones, pero también determina que la gente quiere eso: vivir mejor; y eso no se lo están dando las élites. ¿Y es que el terrorismo, la injusticia, el hambre, la corrupción, la pobreza son muy bonitas? No, la gente está cansándose de los engaños, de la tretas, de las estafas, todas con la finalidad de enriquecer a esas élites más y más, a costa de todos; porque esas élites no llegan a ser el 1% de toda la humanidad.

En el tema del “Brexit” y de Donald Trump, y de la globalización, se cumple a cabalidad –con respecto a los opinadores serios o faranduleros- este aforismo: “La ignorancia es atrevida.”

¿Qué está pasando de verdad en La Haya?: Crónica de una derrota anunciada




En el día de ayer, la Corte Internacional de Justicia de La Haya desestimó las excepciones presentadas por Colombia en las demandas que incoara Nicaragua ante ese organismo.

Colombia pidió a la Corte declararse incompetente ya que el Estado denunció el Pacto de Bogotá por medio del cual se remitían las controversias judiciales entre las partes a ese organismo de justicia internacional. También afirmó que ya había cosa juzgada por el fallo que el mismo tribunal emitió en 2012.

¿Qué está pasando en La Haya? Que el tema ya está perdido lamento anunciarlo, ¿por qué? Porque el tribunal de justicia internacional nos está aplicando la Convención del Mar de 1982.

En resumidas cuentas la Convención del Mar es un instrumento jurídico que fue elaborado a instancias de las potencias internacionales para limitar el espacio vital marítimo de los países que no son potenciales mundiales. En este sentido, la realidad de la globalización le está pegando a Colombia en la cara; la globalización es un movimiento de monopolización del poder internacional, y por lo tanto los países con hegemonía mundial no están dispuestos a permitir que otros Estados se conviertan en potencias emergentes.

La utilización de normas jurídicas para limitar el desarrollo económico, social, industrial y científico de las naciones no es nueva. Por ejemplo, los tratados en el marco de la Organización Internacional del Comercio son claras talanqueras para la expansión económica de los Estados en vías de desarrollo, la protección a ultranza de las economías domésticas de las potencias mundiales es el objetivo principal de estos tratados. El Estatuto de Roma, del cual no hace parte Estados Unidos, y que implementa la Corte Penal Internacional también es una línea roja para los Estados que probablemente violan los derechos humanos en confrontaciones bélicas o en conflictos internos como guerras civiles; todo bajo la luz de la concepción del derecho humano de Occidente.

La tesis del dominio global de Estados Unidos se ve traducido en tres posturas de política interna norteamericana y que tiene como vertientes a las siguientes líneas de acción: 1. El hard power, o poder de acción directa a través de guerras e intervenciones directas; 2. El soft power o poder blando a través de espionaje, y 3. El poder normativo, o intervención en los Estados a través de normas jurídicas y tratados internacionales.

Las convenciones internacionales son el instrumento de dominación de la tercera postura; por lo tanto, Colombia ya tiene perdido esa zona de diferendo con Nicaragua, la Corte Internacional de Justicia de la Haya está aplicando la Convención del Mar de la cual Colombia no hace parte, pero no para beneficiar al Estado centroamericano sino para limitar a Colombia en su expansión marítima.

¿Esto lo sabe el gobierno colombiano? ¿Lo sabe la élite colombiana? Probablemente sí; el expresidente César Gaviria poco después de conocer la providencia del Tribunal de la Haya sobre las excepciones previas presentadas por Colombia, aseguró: “Queremos saber si Nicaragua o la Corte Internacional de La Haya le están aplicando la Convención del Mar a Colombia”. ¿Esto qué quiere decir? Que la élite colombiana sabe desde hace rato que esto se venía venir. Que las potencias internacionales a través de normas jurídicas, en la política de dominación global, le están aplicando a Colombia una limitante en su expansión marítima.

¿Qué ocurre con las potencias? ¿A ellos no se les aplica la Convención del Mar de 1982? Pues no lo necesitan, la Corte Internacional de Justicia de la Haya ha regañado, vapuleado a Estados Unidos en diferentes fallos, pero a ellos no les importa, tienen el ejército más poderoso del mundo y ellos imponen las condiciones cuando se les da la gana (recordemos Iraq o Afganistán). El derecho internacional no es más que un mecanismo de imposición de limitantes para los países que no son potencias, en este caso Colombia.

¿Cómo Gran Bretaña puede tener un territorio de ultramar tan lejos de sus costas como son Las Malvinas? Porque Gran Bretaña es una potencia; porque ganó una guerra contra Argentina y porque ha impuesto su hegemonía política frente a un país del tercer mundo como lo es la Argentina.

Colombia debería ahorrarse todo ese dinero que está gastando en abogados para defenderse ante la CIJ y pensar hacia futuro, en cómo contarle a la gente que esa zona marítima se perdió (aunque nunca fue de Colombia) y cómo empezar a sacar adelante a este país sin ese diferendo limítrofe. El actual gobierno simplemente está difiriendo las malas noticias hacia futuro, para que otro presidente le diga a los colombianos: “Ese territorio se perdió, lo siento”. Colombia, de hecho, no acató públicamente el fallo de 2012 pero en la práctica, en el terreno sí lo hizo. Los barcos de la Armada Nacional han respetado los límites que impuso ese fallo, y desafortunadamente tendrá que hacerlo con las nuevas directrices que determine la Corte Internacional de Justicia de la Haya. Colombia está sintiendo los rigores del advenimiento del Nuevo Orden Mundial, donde Estados Unidos no quiere potencias que le hagan pantalla, ni mucho menos posibles potencias emergentes que obstaculicen su programa de dominio global.  

foto: www.nacion.com    

La Justicia



Me refiero a la equidad, al orden armónico entre los hombres, no al aparato estatal de dictar fallos. ¿Para qué sirve la Justicia? Para, precisamente, mantener la paz en la sociedad. En una comunidad humana donde la Justicia está ausente no hay civilización, orden, y por lo tanto esa comunidad humana en vez de progresar hacia niveles más altos de desarrollo decae en el salvajismo, en la anarquía.

La Justicia es un tema muy debatido en el derecho porque supuestamente hay diferentes conceptos sobre ella; para algunos es un tema caduco, anacrónico; para otros, la Justicia es lo que determina el legislador, la ley. De cierta forma, la Justicia como concepto está atada al status quo imperante, él dice lo que es justo y lo que no.

La Justicia trata de mantener unas condiciones mínimas de armonía y de paz en la sociedad, porque allí, donde no hay Justicia, los hombres deciden agredirse a sí mismos, deciden simplemente ejercer la facultad de imponer la condición del más fuerte. La Justicia del más fuerte no es justicia, o no es verdadera justicia. Por lo tanto, si aceptamos los postulados del iusnaturalismo, tenemos que decir que sí existen unas leyes universales, unos postulados morales que trascienden a las sociedades, a los hombres, a la artificialidad del Estado.

¿Cómo conocer esos postulados universales? Los iusnaturalistas religiosos, como santo Tomás de Aquino, afirmaban que usando la razón y la fe; los iusnaturalistas racionalistas pretendían que solo utilizando la primera se podía llegar a la verdad. Yo creo que cualquier medio es válido para llegar a esa verdad absoluta, sin embargo, en la vida cotidiana hay muchos ejemplos de aplicación de términos de Justicia utilizando el sentido común.

La tendencia natural del hombre es “hacia lo bueno, lo bello y lo verdadero” afirmaba  Platón; el ser humano quiere el bien, desea el bien, y para eso la naturaleza lo dotó de razón, de instinto, de intuición, de alma, de emociones. El hombre sabe en esencia lo que está bien, y lo que está mal. Matar es malo, robar es malo, engañar es malo, lesionar a otro es malo; no necesitamos una cátedra de moral para saber que ciertas actitudes y ciertos comportamientos son maléficos per se.

Las sociedades, desde la antigüedad, han creado aparatos artificiales para aplicar justicia, para dar justicia. Esos aparatos artificiales son los jueces, los tribunales, las cortes. ¿Cómo aplican justicia esos jueces, esos tribunales, esas cortes? A través de la aplicación de la Ley, de las directrices supremas de esa sociedad. ¿Esas directrices supremas, por el simple hecho de serlas, son justas? No necesariamente, dirían los iusnaturalistas; los positivistas afirmarían que “no importa”, el hecho es que existen esas directrices en la sociedad, y los jueces deben aplicarlas para que haya Justicia en la sociedad. O sea, para los positivistas hay Justicia en la medida que los jueces apliquen la Ley dada por el aparato estatal así esas directrices no se encuadren en un modelo de equilibrio y de virtud universal. Para los positivistas no existe esa moral única, para ellos solo existe el Estado y esas directrices (o normas de conducta) que determinan los parámetros de comportamiento de los componentes de ese Estado.

La Justicia es un valor, que no puede ser desdeñado para favorecer otros fines del Estado, ya que precisamente esos otros fines no se pueden conseguir si no hay Justicia. En una sociedad carente de Justicia los hombres se sienten mal-tratados, se sienten incapaces de progresar, sienten incertidumbre frente al futuro por culpa del desorden imperante en el presente. En una sociedad carente de Justicia el conflicto aparecerá tarde o temprano, habrá sensación de desorden, de marginalidad, y por lo tanto, la oposición hacia el status quo generará ruido en las relaciones sociales que podría desencadenar un caos, y un desmembramiento del Estado.

La Justicia no es valor menor para la sociedad, solo las comunidades humanas con altos estándares de justicia universal pueden salir adelante, pueden progresar, pueden desarrollarse. Y ojo, estamos hablando de justicia universal, no de justicia subjetiva o artificial, porque allí, donde la Justicia es vista como normas relativas de convivencia que pueden cambiar de acuerdo a los valores efímeros y superfluos del momento presente, allí no habrá verdadera Justicia, solo habrá justicialismo que algo diferente a la Justicia.   

El derecho penal debe ser más pragmático


Uno de los objetivos del derecho penal es castigar las conductas que agredan los bienes jurídicos tutelados por el Estado. Otro de los objetivos de este derecho es disuadir a los potenciales delincuentes de cometer hecho ilícitos; y por último, el derecho penal busca con el castigo resocializar a los criminales.

En la mayoría de los sistemas jurídicos civilizados el castigo más utilizado es el de limitar la libertad, la cárcel. Las penas privativas de la libertad son las penas más frecuentes en el derecho penal. Sin embargo, ¿son efectivas esas penas? ¿Sirven realmente para disuadir a los potenciales delincuentes? ¿Sirven para resocializar a los reclusos? La respuesta probablemente sea la de: No.

El derecho penal actual presenta el castigo de limitación de la libertad como un mal menor o como un mal necesario; como que no existe otro castigo; como que no se puede hacer más. Yo pienso que la pena de restricción de la libertad debe ser impuesta en casos extremos, o para delitos mayores –o graves- como el de homicidio, el de secuestro, el de terrorismo, el de acceso carnal violento, agresión con ácido o para delincuentes reincidentes.

Mandar a la cárcel a un delincuente debe ser la excepción y no la regla. Es claro, hay criminales muy peligrosos que deben ser recluidos en centros de detención debido a su inclinación psicológica por “hacer el mal”, son personas que no pueden estar sueltas por ahí. Sin embargo, yo creo que para otro tipo de delitos –como los que atentan contra el patrimonio, o delitos técnicos como captación masiva de dinero- podrían tener castigos basados en el resarcimiento patrimonial o en multas que realmente reparen el daño causado.

Las cárceles están atestadas de gente –por lo menos en Colombia, y creo que en otras partes del mundo también-; la violación a los derechos humanos en esos centros de detención está al orden del día debido a la sobrepoblación carcelaria. Es necesario que las cárceles estén habitadas realmente por criminales peligrosos, por personas que al estar en libertad se convertirían en un peso para la sociedad. Sin embargo, muchas de las personas que están en las cárceles ni siquiera tienen una sentencia encima, y en muchos otros casos esas personas no revisten realmente un peligro para el resto de los ciudadanos.

La pena privativa de la libertad debe ser impuesta –como ya lo expliqué- para delitos graves, mayúsculos, para casos realmente abominables. Hay otros castigos que deberían imponerse y que serían más eficaces para disuadir a los delincuentes, y para prevenir con mejor contundencia el acaecimiento del crimen. Las multas; las penas o sanciones sociales, como la publicación en medios de comunicación masivos de los nombres de los delincuentes; el trabajo social; el trabajo comunitario; el trabajo cívico, como recoger basura o asear andenes; el trabajo agrario, etc.

Al Estado le cuesta mantener un recluso en una prisión, es un gasto. El derecho penal debería pensar que una forma de reducir costos en el gobierno es precisamente el de descongestionar las cárceles. Yo sería –o soy- más proclive a pensar que la multa es un excelente castigo, ¿por qué? Porque a la gente le duele el bolsillo, le duele pagar, le duele hacer emolumentos en los cuales no haya beneficio personal. Las multas son utilizadas comúnmente por el derecho administrativo sancionador pero no por el penal. Yo creo que ya llegó la hora de cambiar penas de prisión o de cárcel por penas basadas en pagar dinero. Sobre todo me refiero a los llamados delitos técnicos en los cuales no se lesionó la humanidad, o la corporeidad de nadie, pero en los que sí se puso en vilo un bien jurídico tutelado como el patrimonio, o el orden económico. Para esos delitos la sanción debería ser la multa. Una multa bien grande. ¿Qué ganan las víctimas de un desfalco, de una estafa, de una captación ilegal de dinero, con tener a los victimarios en la cárcel? Nada; lo que necesitan esas víctimas es que principalmente se les resarza su patrimonio lesionado.

En el siglo XXI debería humanizarse mucho más el derecho penal, que ya de por sí se ha humanizado demasiado desde hace dos siglos y más; pero ahora el reto no es humanizar sino hacer práctico el derecho penal, hacerlo más pragmático; más útil a los requerimientos de la nueva sociedad y de la nueva humanidad que está emergiendo en el horizonte. Cumplir con el objetivo de resocializar al delincuente, y de hacer de los centros carcelarios lugares donde haya dignidad humana y donde el prisionero si ha cumplido con la pena tenga una perspectiva hacia futuro de ser un componente útil a la comunidad que ha ofendido. Una especie de transmutación de personalidades es lo que debería haber en las cárceles, pero eso no se puede hacer si están demasiado sobrepobladas.

Los castigos sociales a veces son más eficaces y más baratos que la reclusión carcelaria. Las listas públicas de delincuentes con sentencia en firme; la publicación de las fotografías de los criminales son más disuasivas – a veces- que encerrar a una persona en una celda por uno, dos, tres o cinco años.

La cárcel debe quedar para la gente más peligrosa, para quienes realmente sean un factor maligno absoluto. Los homicidas, los terroristas, los violadores, los secuestradores, los que atacan con ácido a otra persona, los reincidentes; esa gente sí debe estar encerrada para que reflexione, para que piense en lo que ha hecho, y para que sean analizados con más calma por las autoridades sanitarias de las prisiones: psicólogos, trabajadores sociales, médicos, etc.

El Estado no puede seguir violando los derechos humanos de los prisioneros por falta de dinero; es por esto que desocupar esos centros de detención es necesario para ocuparlos con verdaderos criminales; crear otras penas más eficaces y más disuasivas como las multas, las sanciones sociales, el trabajo comunitario y cívico, y los castigos que tengan como finalidad transmutar, reconvertir, y reeducar al delincuente. El derecho penal debe dejar esa traza histórica de la ley del Talión (“ojo por ojo, diente por diente”) y empezar a ser más realista, menos vengativo y más pragmático.  

Democracia real y democracia virtual


¿Cuál es el mejor sistema político? Esta pregunta ronda las mentes de los filósofos del poder desde épocas milenarias, desde los griegos, pasando por santo Tomás de Aquino, los racionalistas europeos, los liberales, etc. ¿Cuál es el sistema político que asegura mayor bienestar para todos los ciudadanos de una Nación? ¿La democracia?

Hay dos frases célebres, de dos personajes célebres, acerca de la democracia. Una es de Lincoln, que dice: “La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. La otra se le atribuye a Winston Churchill, y dice: “La democracia es el peor sistema político con la excepción de todos los demás.”

Hoy en día, por lo menos en Occidente, estamos de acuerdo con que la democracia es el menos malo de todos los sistemas políticos, y por eso está incluida en todas las constituciones civilizadas del mundo. Le democracia tiene mil defectos pero por los menos es el más presentable de todos los sistemas de poder.

Sin embargo, y no estoy descubriendo que el agua moja, la democracia genera varias suspicacias entre muchos poderosos, o entre los poderosos; entre aquellos que detentan realmente el poder en un mundo capitalista –e incluso en el socialista-.

La democracia es como un mal menor para muchos. ¿Por qué? Porque es el sistema –que en teoría- asegura que la gente se sienta conforme, que la gente no se subleve, que la gente no se enfurezca. Si hay malos gobernantes es porque ustedes –el pueblo- los eligieron, afirman los poderosos.

Si en una dictadura, o en una monarquía absoluta, o en una aristocracia, hay hambre o injusticia, pues el pueblo se siente legitimado para entrar a protestar de manera violenta, porque ellos –los poderosos- están pasándose de la raya. Recordemos la Revolución francesa como ejemplo práctico de lo que he dicho hasta ahora. En la Francia de Luis XVI y de María Antonieta, el pueblo creyó prudente enviar a los reyes a la guillotina por no pensar en ellos, por dejarlos morir de inanición, de miseria.

En la democracia esto es más complejo porque el pueblo es el que elige, y si elige mal pues… aguántense. Ahí está la treta de los poderosos en las actuales condiciones, en los actuales tiempos. En un modelo capitalista de libre mercado hay algunos que acumulan mucho y otros que no tienen nada. Eso es de sentido común. El problema del capitalismo es la acumulación, la desigualdad, la injusticia, el desbalance entre los ricos y los pobres. Al capitalismo le está pasando lo mismo que a la democracia: es un sistema horrible, pero es preferible que el temido socialismo.

En este mundo que vivimos la democracia está incluida en todas las constituciones de los Estados civilizados –como ya dije-, sin embargo, esa democracia real, esa democracia donde todos tienen posibilidades, donde todos pueden asegurar una vida digna, es irreal, no existe. O mejor dicho, existe pero solo en el papel, en teoría.

Como lo ha denunciado el profesor Noam Chomsky en Estados Unidos, la democracia que tenemos en Occidente es una democracia “comprable”, es una democracia que -como todo en el capitalismo- está sujeta a las leyes del mercado, y por lo tanto solo los más poderosos la pueden adquirir para satisfacer sus propios intereses.

Digamos que lo que tenemos realmente es una democracia virtual, una democracia donde en teoría el pueblo es el que elige a sus gobernantes. ¿El pueblo elige realmente a sus gobernantes? ¡Claro! ¡En las elecciones! Sin embargo, esas elecciones donde libremente se escogen a los gobernantes realmente no son tan libres. ¿Por qué? A nadie lo obligan a ir a votar –por lo menos mayoritariamente-, pero, los candidatos que aparecen con mayor opción para ganar son aquellos que han sido apoyados por los poderosos. Mejor dicho, aquellos candidatos que tienen más recursos económicos para sus campañas son aquellos que aparecen con mayor opción para ganar, y son aquellos que son votados por el público en general.

Los poderosos se valen de la libertad del capitalismo y de la democracia para elegir a los gobernantes que protegen sus intereses. El pueblo raso termina siendo un idiota útil de todo esto. El show de la democracia termina siendo solo eso: un show.

Mientras tanto, el pueblo sigue pasando penurias: hambre, injusticia, corrupción, terrorismo, delincuencia, desempleo, etc. Sin embargo, como fueron ellos los que “eligieron” en teoría a sus gobernantes pues no hay forma de protestar, de pedir un cambio contundente. Los poderosos simplemente ríen, se frotan las manos y afirman: “Esa es la democracia”. 

¿Vargas Lleras presidente de Colombia en 2018?


Durante el parte de tranquilidad que daba el jefe de Estado -Juan Manuel Santos- al finalizar los comicios electorales del pasado 25 de octubre, hubo un detalle que todos los televidentes pudimos apreciar de manera notoria: la sonrisa del vicepresidente Germán Vargas Lleras.

Claro, había motivos para estar contento; el movimiento del exsenador, exministro y exconcejal de Bogotá había ganado las alcaldías en dos de las ciudades más importantes de Colombia: Bogotá y Barranquilla. En total, obtuvo la victoria en nueve alcaldías de capitales de departamento, y en cinco gobernaciones (sin sumar las coaliciones en otras zonas).

Podemos decir que Vargas Lleras fue uno de los grandes ganadores en estas elecciones. Su trayectoria política comenzó en el Concejo de Bogotá, luego saltó al Senado donde fue presidente de esa corporación, y en 2010 decidió respaldar la candidatura de Santos, después de deponer la suya propia. Eso le valió para ser nombrado como ministro de Interior y Justicia, y después de Vivienda. En 2014, luego del retiro de Angelino Garzón, Vargas Lleras se convirtió en el vicepresidente de la República, con la misión a su cargo de fortalecer dos ministerios claves: Infraestructura y Vivienda (cartera que ya había ocupado en el pasado).

Este político, que pertenece a una de las castas aristocráticas más importantes de Colombia: la de la familia Lleras, se graduó de abogado de la Universidad del Rosario, como sus otros dos hermanos, José Antonio y Enrique, y desde hace varios años está apuntalando su perfil para convertirse en el primer mandatario de los colombianos; como ya lo hizo su abuelo Carlos Lleras Restrepo en 1966.

Vargas Lleras ha sido víctima de dos atentados contra su vida; en uno de ellos, perdió partes de algunos de sus dedos, y en otro, se salvó de milagro, cuando explotó un carro-bomba al paso de la caravana que lo transportaba. Tiene fama de malgeniado, de estricto, pero también de tener posturas rígidas y polémicas.

Es natural y elemental que en el 2018 quiera presentarse a la contienda electoral para ser elegido presidente de Colombia, sin embargo, hay un obstáculo ostensible: no tendría la bendición de su actual jefe, Juan Manuel Santos. Si bien es cierto, Vargas Lleras es el coequipero de Santos en el Gobierno, este no estaría tan inclinado a respaldar la candidatura de aquel por un motivo grandísimo: el nieto de Lleras no estaría ciento por ciento convencido del proceso de negociación con las Farc. Es por esto que Santos no le daría su bendición en 2018 como heredero de la Unidad Nacional. El partido Liberal tampoco lo respaldaría porque esa colectividad estaría inclinada a irse con candidato propio, en la persona de Humberto de la Calle quizá, o de otro político en ascenso como lo sería Juan Manuel Galán; no sabemos.

Vargas Lleras tiene varios factores a favor que le podrían beneficiar en 2018; en primer lugar, que es el actual vicepresidente de la República, eso pesa mucho en un país presidencialista como este, fuera de eso, el manejo y la supervisión de dos ministerios –vivienda e infraestructura- dan un buen empuje e imagen a cualquier político con aspiraciones serias. En segundo lugar, Vargas Lleras es un avezado del mundo electoral, es un político profesional; su conocimiento del entramado del poder en Colombia es milimétrico, puntual y amplio. En tercer lugar, tendría el apoyo en la Costa del clan familiar Char, lo cual no es despreciable para quien quiera hacerse con el solio de Bolívar; y en Bogotá, los buenos resultados que seguramente conseguirá Peñalosa los podrá reclamar indirectamente Vargas Lleras. En cuarto lugar, Vargas Lleras es un consentido del status quo, tiene buena imagen dentro del empresariado colombiano y dentro de las Fuerzas Armadas, y sobre todo, dentro de la clase dirigente de este país.  

Los vientos que tendría en contra su candidatura presidencial también son bastante serios. Juan Manuel Santos, en 2018, si el proceso de paz culmina exitosamente, necesitaría de un presidente de la República que ejecute el tan manido “post-conflicto”; y Vargas Lleras no es precisamente el hombre que representa esto. Su silencio frente a las negociaciones de La Habana ha sido una muestra de que no estaría o está muy feliz con el asunto, del todo. Para reemplazar a Santos, dentro del partido de la U, se estarían barajando los posibles nombres de Mauricio Cárdenas Santamaría o de Juan Carlos Pinzón. Vargas Lleras también tiene en contra que su nombre está sonando para presidente de la República desde hace rato, y por lo tanto sus adversarios ya han tenido tiempo de sobra para obrar en contra de su candidatura. Por ejemplo, en el Congreso se tramitó una reforma que solo permite al Vicepresidente presentarse a las elecciones como Presidente si se retira por lo menos un año antes. Vargas Lleras disparó las alertas de sus adversarios desde hace rato y eso no sería bueno para sus aspiraciones. El factor sorpresa está anulado completamente. En 2018 se desbarataría la Unidad Nacional, ya que el partido Liberal iría con candidato propio, lo mismo sucedería con el partido de la U, y es probable que el partido Conservador también lleve a alguien de manera independiente. Cambio Radical sería el único bastión de Vargas Lleras, y si solo se presenta por este movimiento, las cosas no estarían tan fáciles del todo. 

El paso del tiempo es otro enemigo de Vargas Lleras, ya que si las elecciones fueran hoy no habría duda de que él picaría en punta en esta competencia, sin embargo, faltan tres años o dos años y medio todavía –para ser exactos- y eso es mucho tiempo; cualquier cosa podría pasar de aquí a allá, y en Colombia esa posibilidad de cambio es muy probable. Por ahora, la posibilidad de que en 2018 Germán Vargas Lleras sea el próximo presidente de la República es muy alta, altísima, sin embargo, también hay muchas variables que él no puede manejar y que serían serios obstáculos para que esa hipotética situación se haga realidad de verdad.  


Las cárceles


La sanción penal, nos enseñan los especialistas, tiene varios objetivos. Por un lado, es punitiva, esto es, que es un castigo, que es como una especie de venganza, o vindicta, como dirían los romanos. De hecho, la sanción penal –como castigo punitivo- se deriva de la antigua ley del Talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. Sin embargo, desde la Revolución francesa la sanción penal ha adquirido otros objetivos o matices, su naturaleza se ha ampliado; esto es, que ya no solo tiene como finalidad “vengarse” o castigar al culpable de un delito, sino que ha adquirido otras funciones más prácticas y humanas como las de disuadir y resocializar al delincuente.

En general, en el mundo occidental el castigo penal habitual es la pérdida de la libertad, ir a una cárcel. La responsabilidad penal tiene como finalidad proteger los bienes jurídicos más preciados por la sociedad. El castigo o sanción penal, entonces, es el más gravoso dentro de los distintos tipos de corrección que puede llevar a cabo la sociedad contra un individuo. Sin embargo, en otros países no es así todavía, la pena de muerte es aplicada aún en Oriente y en Estados Unidos, convirtiéndose allí en la sanción más gravosa, más delicada.

Las cárceles son los lugares destinados a que los sancionados con pena privativa de la libertad cumplan su pena allí. Por un lado, se castiga al delincuente; por otro lado, se disuade al resto de la sociedad de cometer delitos; pero también, se busca rehabilitar al convicto, reformarlo, insertarlo de nuevo en la sociedad. Aunque, cuando se impone la cadena perpetua, este último objetivo queda totalmente desvirtuado.

Muchos piensan que el derecho penal no sirve, que es inocuo, que es irracional; sin embargo, yo creo que esta es una postura extrema que se basa exclusivamente en las razones que llevan a cometer un crimen: pobreza, desequilibrios psicológicos, mala educación, tendencia al delito, inmoralidad, etc. Los abolicionistas del derecho penal piensan que deben subsanarse principalmente las razones que dan lugar al delito, y dejar en el olvido o proscribir el castigo porque es una solución demasiado violenta, anacrónica o inútil.

Hoy en día, como ya dijimos, la pena tiene estos tres objetivos: castigar, disuadir y resocializar. Sin embargo, las cárceles –en su gran mayoría- no están cumpliendo con esta última finalidad: la de resocializar. ¿Cuántas veces hemos escuchado en los medios de comunicación que los establecimientos penitenciarios son universidades del crimen? ¿Que los criminales menores que entran a la cárceles, al salir de estas, terminan convertidos en doctores del delito? ¿Que en las cárceles también se delinque? ¿Que las cárceles en Colombia están atestadas de gente? ¿Que en las cárceles se irrespetan los derechos humanos de los internos?

Es verdad que quienes van a estos lugares han cometido un error, y que en ciertos casos pueden ser errores graves o muy delicados. La sociedad necesita castigar a estas personas; de paso disuadir al resto de la gente para que no cometa esos mismos errores, y adicionalmente, tratar de reformar al delincuente para que cuando salga a la libertad sea una persona de bien. Las cárceles no pueden ser centros vacacionales o recreativos, eso lo tenemos claro, pero tampoco pueden ser establecimientos donde se amplifique el dolor y el padecimiento humano.

Dentro de la política criminal de los Estados debe establecerse claramente un objetivo: que cualquier persona que entre en una cárcel debe ser tratada con respeto y dignidad, y que cuando salga de esta debe ser otra persona desde un punto de vista moral. Las cárceles son el reflejo de la sociedad, si una comunidad está enferma la cárcel mostrará este aspecto de la misma forma; en Colombia, por ejemplo, el hacinamiento carcelario es excesivo; eso ocurre porque hay muy poquitas cárceles, y porque las sanciones penales generalmente consisten en pena privativa de la libertad. Sin embargo, es verdad que el Estado y la sociedad, en general, deben bregar por anular las causas del delito y no por concentrarse en su castigo.

¿Qué lleva a una persona a cometer un delito? Los criminalistas han respondido desde distintas posturas históricamente. Unos dicen que se debe a una tendencia genética –el criminal nato-; otros atribuyen la causa del delito a deficiencias culturales, educativas y morales; y otros sencillamente le atribuyen a la pobreza ser la principal causante de la delincuencia. Como ya dije, el Estado debe concentrarse en anular estas causas, en generar una política criminal de prevención y no en simplemente castigar; y por último, en humanizar los establecimientos penitenciarios.

Perder la libertad ya de por sí es grave, delicado; y si a eso le sumamos estar sometido a una tortura debido a las condiciones del castigo, pues la pena se convierte en un infierno, lo cual es inhumano. Estas personas no solo no terminan resocializadas, al salir de la prisión, sino que llegan a ser verdaderos expertos en el crimen.

La sociedad debe preocuparse un poco más por estas personas que están privadas de su libertad. Debe concentrarse en destruir las razones que llevan a una persona a cometer un delito, e invertir mucho más en la resocialización de los delincuentes. Es un tema de humanidad, de compasión, de moral, de progreso.
   

¿Por qué Peñalosa?


Voy a votar por Enrique Peñalosa para Alcalde Mayor de Bogotá, el 25 de octubre de 2015. ¿Por qué? Me parece que es la persona más preparada académicamente de todos los candidatos a ocupar este cargo; me parece que cuando fue alcalde lo hizo bien; y sobre todo, que tiene liderazgo, y que ya demostró que es capaz de tomar decisiones difíciles, aunque impopulares.

Bogotá está demasiado desordenada, en el tema del transporte, de la seguridad, del aseo, y de casi todos los otros temas. Gustavo Petro tal vez llegó con buenas intenciones a la alcaldía pero francamente este cargo le quedó grande, ¿por qué? Porque a diferencia de Peñalosa nunca había estado en un cargo público de tan alta responsabilidad administrativa. Petro fue representante a la Cámara y senador, pero nunca había tenido una responsabilidad en la rama ejecutiva de tanta importancia. Peñalosa, en cambio, ya fue alcalde, y antes de serlo tenía fama de buen administrador y de ser un ejecutivo exitoso en el sector privado.

Hoy, en 2015, la situación de la capital colombiana es preocupante. Las cifras de inseguridad son alarmantes, la incertidumbre sobre el futuro de la ciudad en materia de movilidad es inconcebible, y los ciudadanos en general tienen la percepción de que vivimos en un chiquero.

Peñalosa, cuando fue alcalde, le dio un giro de ciento ochenta grados a Bogotá. Mockus se había enfocado en la cultura ciudadana, en ahorrar plata, y Peñalosa se gastó esa plata construyendo ciclo-rutas, parques, bibliotecas, pintando barrios, construyendo andenes, colocando bolardos, y lo mejor, puso en marcha el Transmilenio.

“Tenemos que escoger: una ciudad para los carros o una ciudad para la gente” ha afirmado el exalcalde en diferentes foros, entrevistas, conferencias, seminarios, debates, etc. Todo se reduce a un problema filosófico, ¿queremos que Bogotá funcione bien para los que se movilizan en carro, o queremos una ciudad para todos? Peñalosa mismo responde esta pregunta: queremos una ciudad para la gente. Una ciudad que sea ordenada en el tema del transporte, de la seguridad, del aseo, de la educación, de la salud, etc. Una ciudad confeccionada para el interés general y no solo para el interés de algunos cuantos.

El tema del carro es un punto candente porque en Colombia la gente ama el carro, adora el carro, el automóvil es un símbolo de ascenso social, y tratar de desestimular su uso es un pecado en este país; Peñalosa lo está haciendo y por eso se ha ganado tantos enemigos. Tanta gente que vive del carro, y otra que no vive le ha hecho campaña negra al exalcalde. Pero, en una democracia, el interés general prevalece sobre el interés particular, y a decir verdad, Bogotá se está llenando de carros y no hay suficientes vías para recibir tanto automotor. Tampoco hay plata para construir más vías, más autopistas, más calles; por lo tanto, solo hay una solución: el transporte público, la bicicleta, o caminar.

En cuanto el transporte público Peñalosa afirma que el Transmilenio está muy desmejorado y que toca rehabilitarlo y reconstruirlo por completo; él quiere construir más ciclo-rutas para las bicicletas y mejorar el tema de los andenes para que la gente no tenga que competir con los carros y con las motocicletas. Bogotá tiene que tomar la decisión de hacer el metro o no, Peñalosa dice que sí, pero que debe ser un metro elevado en ciertas zonas, ¿por qué? Porque el suelo de Bogotá no da para un metro subterráneo.

Peñalosa quiere construir más parques, más colegios, más troncales de Transmilenio y para eso se requiere que haya más inversión en Bogotá a través de los impuestos. No es necesario subir los impuestos, solo hay que conseguir que más gente pague tributos, ¿cómo? Estimulando la llegada de nuevas empresas a Bogotá; que los extranjeros y los nacionales no bogotanos sientan que Bogotá tiene un líder que la maneja, que los delitos son castigados, que hay mano dura contra los corruptos; mejor dicho, se necesita hacer que la gente cumpla con la ley. Eso es lo que busca Peñalosa, hacer que la gente cumpla con la ley. El problema es que la gente en Colombia hace lo que se le da la gana, y cuando alguien viene a sancionarlos o a castigarlos se les tacha de derechistas, fachistas, autoritarios, dictadores, o psico-rígidos; no, Bogotá necesita autoridad y orden, para que se pongan tras las rejas a los hampones que azotan nuestra ciudad. Eso es lo que quiere Peñalosa, hacer que se cumpla con la ley y castigar a los hampones, para crear un clima de seguridad, de armonía, de orden, en Bogotá.

Peñalosa ya lo hizo bien una vez, y lo volverá a hacer bien; no hay tiempo para improvisar, para colocar aficionados en un cargo tan importante, y sobre todo, que Peñalosa es uno de los más calificados expertos en temas de urbanismo del mundo, ¿cómo vamos a desaprovechar esa oportunidad? ¿Cómo vamos a elegir a un aprendiz, cuando podemos tener al maestro? Peñalosa, es el hombre, no lo duden; no trabajo en su campaña formalmente, no tengo interés algunos egoísta en que quede de alcalde; solo pienso que es el mejor de los candidatos que actualmente se están disputando este cargo. 

Un Alcalde para Bogotá


No se trata de hacer proselitismo político a favor de nadie; aunque el autor de este escrito está muy tentado a votar por uno de los candidatos que se están presentando en la actual contienda para la Alcaldía de Bogotá. Mejor dicho, mi voto ya está definido.

Sin embargo, no consiste en eso, se trata de hacer una pequeña reflexión sobre el tema de las ciudades, de los microEstados, de la política, de la moral, de la corrupción.

En Bogotá –la capital de Colombia- ya vivimos más de ocho millones de personas, la ciudad más importante del país por tamaño y por el peso que tiene en las finanzas nacionales. Bogotá es un motor económico, ya dejó de ser una ciudad para convertirse en una metrópoli. Sin embargo, su desarrollo ha sido desordenado, expuesto a intereses políticos egoístas y mezquinos y a la corrupción.

Los bogotanos estamos cansados de la inmovilidad del tránsito, de la basura, de la inseguridad, del desorden, del caos, de la anarquía, y de la incertidumbre sobre los grandes proyectos que necesita esta ciudad.

En los últimos ocho o diez años gobiernos de corte izquierdista han gobernado la Capital, sin embargo, el problema no ha sido ese. El problema no es que la izquierda haya gobernado Bogotá, y que ahora necesitemos a la derecha para que “ponga orden”, no, el problema es más delicado porque tiene que ver con toda la cultura política de los colombianos, con la moral de los colombianos, lo que se refleja en el gobierno que tiene Bogotá.

Las ciudades, en la era de la globalización, del Nuevo Orden Mundial, van a adquirir más importancia de la que ya han tenido; es curioso porque a nivel macro-estatal se generan Súper-Estados como la Unión Europea, pero a nivel doméstico las ciudades adquieren una mayor preponderancia porque la civilización humana ha dejado de ser rural para ser urbana. Los seres humanos ya no salimos a cazar, a ordeñar las vacas, a pescar; no, los seres humanos vivimos metidos en estos núcleos de cemento y de ladrillo llamados ciudades, donde compramos todo en supermercados y grandes superficies, donde nos movilizamos en Metro o en Transmilenio, o en carro. Las ciudades son los núcleos humanos por excelencia; y por lo tanto, se han transformado en miniEstados, como lo fueron las polis griegas.

Los gobiernos de las ciudades también han adquirido mucha importancia, y el gobierno de Bogotá sí que ha adquirido relevancia. Es el segundo cargo administrativo más importante de la rama ejecutiva en Colombia, después del de Presidente de la República. Elegir a un buen alcalde para Bogotá es crucial, necesario, porque ocho millones de personas dependemos de vivir mejor si se toma una buena decisión.

En Colombia funciona –por lo menos en el papel- un sistema político democrático, donde el voto popular determina quién va a manejar nuestra ciudad por los próximos cuatro años. El problema de la democracia, como decía Churchill es que “es el peor de los sistemas políticos con la excepción de los demás”; la democracia es el sistema que funciona en Colombia para elegir a nuestros gobernantes, nos guste o no nos guste. Para que la democracia funcione bien tiene que haber cultura política, educación, civismo, moral, una actitud ante la vida; y el problema es ese precisamente, que en Colombia carecemos notablemente de todo esto.

La educación en Colombia –y ya me cansado de repetirlo- está mal, no porque no haya la cobertura necesaria –que no la hay-, sino porque lo que se transmite en conocimientos no basta para construir una sociedad próspera, pacífica, fraterna y humana. En nuestro país no se están transmitiendo en las aulas de clase, ni en los hogares, ni en la cultura, los valores que se requieren para levantar una sociedad humana de avanzada, de vanguardia, moderna y de cara a los nuevos retos que afronta la humanidad; el tema del bilingüismo y de la tecnología no bastan para crear una nueva sociedad de tal estilo, y me temo que nuestros gobernantes están convencidos que sí.

La formación en valores en el hogar, en la calle, en los medios de comunicación, en los colegios, en las universidades, en el trabajo, etc, es indispensable para transformar a Colombia en una sociedad humana avanzada. Como en Colombia funciona la democracia, la gente que va a votar por alcalde de Bogotá lo va hacer pensando en su propio interés y en base a su propia cultura política, que prácticamente no existe en nuestro país. Por dar un dato escalofriante: el 70% del voto en Colombia es voto amarrado, voto clientelista, de las mafias de la politiquería, y solo el 30 % de los votos es voto de opinión, no amarrado. En Bogotá, sin embargo, el voto de opinión es más importante que en el resto de Colombia pero no basta.

Muchos dicen que Bogotá necesita un gerente, yo creo que necesita un Alcalde. Una persona que determine los grandes lineamientos políticos, administrativos, económicos, y sociales de nuestra urbe; que sea un ALCALDE (en mayúsculas), y no simplemente un futuro Presidente de la República en ciernes. Porque Bogotá se ha convertido en eso, en una plataforma política para que los que quieran llegar a ser Jefes de Estado pasen primero por el Palacio Liévano. No, Bogotá necesita un Alcalde 24 horas al día, que sepa de urbanismo, que haya estudiado urbanismo, que tenga experiencia basta en administración pública, que sepa administrar ciudades y que no sea simplemente un político más; que sea un administrador, pero también un líder, que tenga visión de futuro para Bogotá no solo para los próximos cuatro años, sino para los próximos diez, veinte o treinta años. Que sea un soñador con los pies bien puestos en la tierra, que tenga don de mando; que no le importe tomar medidas impopulares para molestar a unos cuantos poderosos, pero que van a beneficiar a la gran mayoría; que sea un Alcalde ecológico, que piense en respetar a los animales, que sea honesto, que sea íntegro, que sepa lo que hace.

Los bogotanos tenemos la oportunidad de volver a embarrarla, pero ojalá que los espíritus del bien y de la sabiduría nos bendigan para tomar una buena decisión. Somos ochos millones de personas apiñadas en este lugar llamado Bogotá; si no tomamos una buena decisión, en diez años las cosas estarán muy mal, y nuestra ciudad será invivible. ¿Queremos que eso ocurra? Yo no quiero eso para mi amada Bogotá, por eso, con la mente, con el corazón, votaré por una opción que me parece la más acertada. Espero que todos, antes de votar, consulten las hojas  de vida de los candidatos, su palmarés, su preparación, sus propuestas, su talante, su récord en administración pública. Sería una buena cuota inicial para transformar no solo a la capital de Colombia, sino a todo el país.