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La Justicia



Me refiero a la equidad, al orden armónico entre los hombres, no al aparato estatal de dictar fallos. ¿Para qué sirve la Justicia? Para, precisamente, mantener la paz en la sociedad. En una comunidad humana donde la Justicia está ausente no hay civilización, orden, y por lo tanto esa comunidad humana en vez de progresar hacia niveles más altos de desarrollo decae en el salvajismo, en la anarquía.

La Justicia es un tema muy debatido en el derecho porque supuestamente hay diferentes conceptos sobre ella; para algunos es un tema caduco, anacrónico; para otros, la Justicia es lo que determina el legislador, la ley. De cierta forma, la Justicia como concepto está atada al status quo imperante, él dice lo que es justo y lo que no.

La Justicia trata de mantener unas condiciones mínimas de armonía y de paz en la sociedad, porque allí, donde no hay Justicia, los hombres deciden agredirse a sí mismos, deciden simplemente ejercer la facultad de imponer la condición del más fuerte. La Justicia del más fuerte no es justicia, o no es verdadera justicia. Por lo tanto, si aceptamos los postulados del iusnaturalismo, tenemos que decir que sí existen unas leyes universales, unos postulados morales que trascienden a las sociedades, a los hombres, a la artificialidad del Estado.

¿Cómo conocer esos postulados universales? Los iusnaturalistas religiosos, como santo Tomás de Aquino, afirmaban que usando la razón y la fe; los iusnaturalistas racionalistas pretendían que solo utilizando la primera se podía llegar a la verdad. Yo creo que cualquier medio es válido para llegar a esa verdad absoluta, sin embargo, en la vida cotidiana hay muchos ejemplos de aplicación de términos de Justicia utilizando el sentido común.

La tendencia natural del hombre es “hacia lo bueno, lo bello y lo verdadero” afirmaba  Platón; el ser humano quiere el bien, desea el bien, y para eso la naturaleza lo dotó de razón, de instinto, de intuición, de alma, de emociones. El hombre sabe en esencia lo que está bien, y lo que está mal. Matar es malo, robar es malo, engañar es malo, lesionar a otro es malo; no necesitamos una cátedra de moral para saber que ciertas actitudes y ciertos comportamientos son maléficos per se.

Las sociedades, desde la antigüedad, han creado aparatos artificiales para aplicar justicia, para dar justicia. Esos aparatos artificiales son los jueces, los tribunales, las cortes. ¿Cómo aplican justicia esos jueces, esos tribunales, esas cortes? A través de la aplicación de la Ley, de las directrices supremas de esa sociedad. ¿Esas directrices supremas, por el simple hecho de serlas, son justas? No necesariamente, dirían los iusnaturalistas; los positivistas afirmarían que “no importa”, el hecho es que existen esas directrices en la sociedad, y los jueces deben aplicarlas para que haya Justicia en la sociedad. O sea, para los positivistas hay Justicia en la medida que los jueces apliquen la Ley dada por el aparato estatal así esas directrices no se encuadren en un modelo de equilibrio y de virtud universal. Para los positivistas no existe esa moral única, para ellos solo existe el Estado y esas directrices (o normas de conducta) que determinan los parámetros de comportamiento de los componentes de ese Estado.

La Justicia es un valor, que no puede ser desdeñado para favorecer otros fines del Estado, ya que precisamente esos otros fines no se pueden conseguir si no hay Justicia. En una sociedad carente de Justicia los hombres se sienten mal-tratados, se sienten incapaces de progresar, sienten incertidumbre frente al futuro por culpa del desorden imperante en el presente. En una sociedad carente de Justicia el conflicto aparecerá tarde o temprano, habrá sensación de desorden, de marginalidad, y por lo tanto, la oposición hacia el status quo generará ruido en las relaciones sociales que podría desencadenar un caos, y un desmembramiento del Estado.

La Justicia no es valor menor para la sociedad, solo las comunidades humanas con altos estándares de justicia universal pueden salir adelante, pueden progresar, pueden desarrollarse. Y ojo, estamos hablando de justicia universal, no de justicia subjetiva o artificial, porque allí, donde la Justicia es vista como normas relativas de convivencia que pueden cambiar de acuerdo a los valores efímeros y superfluos del momento presente, allí no habrá verdadera Justicia, solo habrá justicialismo que algo diferente a la Justicia.   

Derecho y literatura


En la reciente posesión del nuevo decano de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad del Rosario (Colombia), doctor Juan Carlos Forero, se tocaba este tema. El Decano hacía alusión a la aproximación de la literatura por parte de los juristas como mecanismo de lograr y buscar la empatía entre los seres humanos.

La literatura es un arte, algunos afirman que el derecho también lo es, porque ambos son artis, facere, una actividad o actividades donde se hace algo. En el caso de la literatura lo que se hace es ficción a través de la palabra escrita, en el derecho lo que se hace o se busca es la justicia.

Ambas actividades son típicamente humanas, entelequias que buscan hacer del hombre un ser más feliz. La literatura es misteriosa, enigmática, es un interrogante; el derecho también lo es. No sabemos por qué un escritor elabora una novela, o un poema, o un cuento, no lo sabemos; de lo único que estamos seguros es que para el escritor, escribir es una necesidad. Para el jurista también es una necesidad la búsqueda de la justicia, sin embargo, y como lo sabemos todos los abogados, la justicia es un término que solo se puede abordar a través de sinónimos como equidad, equilibrio, armonía, pero definir la justicia como tal es una aventura inacabada que viene siendo el dolor de cabeza desde la época de Platón, los filósofos socráticos, hasta los profesores de derecho de las universidades más importantes del mundo de hoy en día.

La literatura y el derecho, dos primas hermanas en la familia del conocimiento humano. ¿Debe un jurista explorar la literatura? Esa pregunta no la puedo responder de manera imparcial ya que en lo personal he explorado la literatura con cierta profundidad: he escrito ocho novelas y varias decenas de cuentos. Sin embargo, yo creo que para el jurista que no ha explorado ese lado creativo la literatura sí le puede ser útil. Le puede ser útil para explorar y conocer la condición humana, para estudiar el modus vivendi del hombre, la problemática del hombre –como diría Sabato-, la literatura le puede otorgar sensibilidad al jurista –sentido humanista y humanitario, en fin la literatura puede humanizar al jurista, ya que algunas veces, y por estar metido entre tanto código y entre tanta sentencia, el abogado cae en una especie de mecanización de su profesión donde la ausencia de emoción y de empatía con el que sufre se vuelve insoportable.

De esta forma, tiene razón el nuevo decano Forero al afirmar que el jurista debe conocer tanto de derecho como de literatura para acercarse más a la justicia. Y es cierto, y como él citaba “porque donde solo hay derecho, es probable que allí no entre la justicia”. La literatura sensibiliza al abogado, lo vuelve un ser universal, lo convierte en un hombre global. Desdeñar la literatura ha sido una práctica reiterada para los juristas, para aquellos que solo ven la vida como instrumento de manutención económica, y nada más. La literatura le da una perspectiva metafísica del derecho al jurista. La literatura le permite ver al jurista por encima del bosque y no solo los árboles.

En fin, creo que esa relación entre derecho y literatura no solo podría quedar en un terreno romántico; también hay abogados que se han dedicado a la literatura, como Franz Kafka, como Goethe, como R.H Moreno Durán, como Juan Gabriel Vásquez; y otros que han abordado el estudio del derecho sin obtener el título de abogado como García Márquez o León Tolstoi; o incluso, juristas que se han dedicado a escribir novelas sobre abogados convirtiéndolas en verdaderos best sellers, ese es el caso de John Grisham conocido a nivel mundial como uno de los escritores más vendidos del mundo, y cuyas novelas incluso han sido adaptadas al cine.

La literatura es eminentemente fantasiosa, artificiosa, artística; en cambio el derecho es realista, científico y mecánico. La literatura corresponde al lado derecho del cerebro, mientras que las leyes le pertenecen al hemisferio izquierdo. La literatura es misteriosa, es femenina, es simpática, es como la noche; el derecho es solar, diurno, masculino, es algo frío y hasta poco atrayente. Cuando ambos se mezclan se logra una buena receta: un abogado humanista o un literato preocupado por la justicia, como fue el caso de Víctor Hugo en su célebre obra Los miserables.

Sí doctor Forero, ese es el tema de hoy en día, ¿cómo podemos sensibilizar más a los abogados? ¿Cómo podemos abrirles los ojos y mostrarles el mundo en el que viven? ¿Cómo les enseñamos a tener conciencia universal? La respuesta estaría en la literatura, es verdad; tal vez por eso, y lo repito –sin ningún afán de posar con falsa humildad- he escrito ocho novelas y varios cuentos, porque eso me ha dado sensibilidad, porque la literatura me ha hecho soñar con un mundo mejor, más humano, más fraterno, más simple, más cooperante, más justo, porque la literatura me ha hecho reflexionar sobre el papel del abogado y su puesto en la búsqueda de la justicia en la sociedad. 

La paz en Colombia


Hace algunos días, alguien me preguntaba a través de mi cuenta de Twitter sobre lo que yo pensaba del proceso de paz que actualmente está impulsando el presidente de Colombia Juan Manuel Santos. Era una persona extranjera –no colombiana- la que me hacía la pregunta; y yo le contesté que en ciento cuarenta caracteres era muy difícil hablar sobre un tema tan complejo como este.

¿Quién soy yo para hablar sobre este tema? No soy político, no soy una persona con poder económico, no soy sindicalista, ni representante de algún gremio de la producción; soy una persona común y corriente, de la calle. Sin embargo, creo que todas las personas por muy altas o por muy bajas responsabilidades que ostenten tienen o deben tener una opinión sobre este asunto tan importante para el futuro del país.

Mi opinión, la que voy a dar ahora, es una posición personal; no es una opinión basada en intereses políticos, económicos o aspiraciones personales; es una declaración sincera de un ciudadano más, de un colombiano más.

Los políticos muy hábilmente señalan lo siguiente: “Todos queremos la paz”, y es elemental, todos queremos la paz, el problema es cómo obtenerla. Nuestro país ha vivido en guerra desde la independencia de los españoles, salvo algunos períodos de relativa calma, de resto, los fusiles, los revólveres, las armas de fuego, los machetes, etc, etc, han llenado de sangre los campos y las calles de Colombia. Por diferentes motivos: la división partidista, el modelo de Estado (centralistas vs federalistas), el control de la tierra, el narcotráfico, la lucha insurgente, el terrorismo, las bandas organizadas, la delincuencia organizada y no organizada; mejor dicho, las balas han venido de todas partes y por múltiples razones.

Ahora bien, el actual presidente de Colombia, doctor Santos, le informó al país hace algunos años, que había tomado la decisión de empezar unos diálogos con la guerrilla de las Farc con el propósito de alcanzar la paz. Estos diálogos no han finalizado y en La Habana (donde tienen lugar estas negociaciones) la cosa sigue moviéndose, y la gente está impaciente para que se llegue a un acuerdo o se rompan definitivamente las conversaciones.

En primer lugar, creo que esto es un tema político, es un tema de poder, de manejo del Estado; y que los colombianos, cuando decidieron en 2014 respaldar la reelección de Juan Manuel Santos como presidente, lo hicieron respaldando su decisión de llevar a cabo estas negociaciones en La Habana. El Presidente está legitimado –por lo menos políticamente- de continuar con este proceso. Sin embargo, así como políticamente tiene un respaldo mayoritario, también tiene una buena porción del espectro de poder del Estado en contra, representado por el movimiento que lidera el expresidente Álvaro Uribe. Así están las cosas; y yo creo que para poder llegar a buen puerto hay que tener en cuenta todas las opiniones, incluso las de las personas que se oponen a este tema.

Segundo; el Presidente cuenta con un respaldo político importante, y con una oposición que no puede ser ignorada. Esto es, es cierto que los colombianos estamos cansados de la guerra, de las balas, del derramamiento de sangre, pero también es cierto que hacer la paz no puede consistir en resquebrajar valores tan importantes para una sociedad como la justicia, la dignidad humana de las víctimas y sus familiares, y el futuro del derecho en Colombia. No se puede hacer la paz a cualquier precio, porque se corre el peligro se desactivar un conflicto presente pero dejar abierta la puerta para un conflicto mucho peor en el futuro, y eso nos lo van a reclamar las siguientes generaciones.

Tercero; la paz no es solo llegar a un acuerdo con las Farc, también debe ser un tema que se extienda a otros ámbitos de la vida social en Colombia. ¿Qué está ocurriendo con la educación? ¿Con la salud? ¿Con la justicia? ¿Con la pobreza? Llegar a la paz, también debe ser modificar estructuras caducas, anacrónicas, y realmente modernizar este país a través de la transmisión de nuevos valores humanos como la cooperación, la solidaridad, la hermandad, la honestidad, la lealtad, entre otros. La paz debe ser también un tema espiritual, cultural, mental. Y creo que a este proceso le falta esto, porque como ya dije, es un tema esencialmente político, y ahí está uno de sus principales defectos. 

Cuarto; es cierto que si se suspenden lo diálogos volverá la guerra y nuevamente estaremos enfrascados en un conflicto de nunca acabar. Debido a lo anterior, voces importantes de la sociedad colombiana reclaman no desfallecer en La Habana, y que pesar de los obstáculos el Gobierno y las Farc consigan firmar definitivamente un acuerdo de cese al conflicto con esta guerrilla y desmovilización definitiva de los combatientes que se mantienen en la insurgencia. A esto también le apuesta la comunidad internacional; Estados Unidos, Venezuela, Ecuador, Noruega, Cuba, y todos los demás países que apoyan este proceso de paz quieren ver unas negociaciones definitivas y exitosas entre el Gobierno y las Farc. El proceso de paz cuenta con un respaldo importante interna y externamente; Santos no puede desperdiciar esta oportunidad. El reto para el Presidente no es acallar las voces opositoras sino tratar de incorporar sus puntos de vista a la mesa de diálogos.

Quinto; el futuro de Colombia es lo que está en juego. Las futuras generaciones; ¿qué tipo de país le vamos a dejar a nuestros hijos, a nuestros nietos y más allá? Si se realiza un diálogo exitoso y se desactiva la guerra es probable que nos ahorremos una buena cantidad de dinero en armas, en municiones, en uniformes; sin embargo, si la negociación es deficiente, ese mismo dinero que nos estamos ahorrando ahora lo tendremos que gastar en un guerra peor en el porvenir. El proceso de paz es político, pero si se queda solo allí en el ámbito político, puede ser un acuerdo imperfecto, y eso es muy peligroso. Debe ser un proceso de paz acompañado de nuevas actitudes hacia la sociedad, hacia la economía, hacia el campo, hacia la realidad en general.


Los colombianos no podemos reclamar que se lleve a cabo una negociación exitosa si no hacemos mea culpa de nuestros propios errores; los políticos nunca le dicen a la gente que también son responsables de lo que está ocurriendo porque eso significa perder votos, perder apoyos. Pero es cierto, necesitamos que los colombianos miremos en nuestra vida cotidiana sobre si tenemos comportamientos y actitudes que ayuden a crear paz; ver si somos tolerantes, si somos compasivos, si somos solidarios. De lo contrario, el germen de la guerra seguirá creciendo; y el conflicto se seguirá manifestando de una u otra forma. Ojalá Colombia pueda alcanzar la paz, todos lo queremos, todos lo añoramos; para que este país se impulse definitivamente hacia el desarrollo y podamos alcanzar un bienestar para la colectividad en general.          

Los abogados sofisticados

Escoger profesión en algunos casos es difícil. Para mí lo fue hasta cierto punto. Cuando acababa el bachillerato, y llegaba aquella época de presentarse a las universidades, también llegaba el dilema del futuro profesional. En mi caso escogí estudiar derecho. Ser abogado, ése sería mi destino. Sin embargo, siempre tuve claro algo en mi mente: quería aprender derecho, el ejercicio de la profesión vendría después.

Cuando ingresé a las aulas del Colegio Mayor del Rosario –donde cursé jurisprudencia- no tenía una visión muy clara sobre qué pasaría después de acabar la carrera. Un profesor –esta anécdota la he contado varias veces- me preguntó en primer año: “¿Cómo se visualiza usted en el futuro?”. Mi respuesta fue: “Quiero resolver problemas”. El profesor hizo una mueca que me resultó bastante desagradable porque era de burla, él exclamó: “¿Desde pequeño usted ha soñado con resolver problemas?”. Todos mis compañeros emitieron una carcajada, el profesor estaba ridiculizando mi respuesta. Después dije que quería ser asesor jurídico, o algo así, para atenuar las risas. El profesor me corrigió con su habitual arrogancia: “Es mejor decir que quiere ser consejero, asesor es una palabra pasada de moda”.

Hoy en día, y varios años después de graduarme de abogado, todavía me pregunto si escogí bien mi carrera. El ejercicio de la profesión de abogado es difícil, está llena de vericuetos, enredos, malas prácticas, y sobre todo mucho aburrimiento. Es el precio que pagan los abogados por obtener enormes cifras en honorarios, dicen algunos. Y es verdad, uno puede volverse millonario siendo abogado. De hecho, conozco muchos colegas que nadan en dinero ejerciendo la profesión. Sin embargo, la vida me ha enseñado que el dinero no es todo en la vida. Muchos sonreirán cuando lean esto, estoy seguro. Pero es la verdad, el dinero no puede ser la principal motivación para ejercer una carrera o un oficio. Quienes se dedican a una ocupación por dinero terminan destruyendo sus vidas, porque encierran sus sueños en clósets, y esos sueños –como cadáveres putrefactos- empiezan a emitir mal olor y a carcomer las conciencias.

Me gusta el derecho; lo entiendo, lo admiro, y lo critico. Como profesor he sentido alegría al observar los emocionados rostros de los alumnos, al verme exponer algún tema jurídico –aunque también he visto desdén y aburrimiento, a decir verdad-. Sin embargo, el derecho me ha servido mucho. Me ha dado una visión de la realidad en la que nos movemos, una descripción de la entelequia que hemos creado los seres humanos para vivir. El derecho es una hermosa creación humana, es una de las mayores expresiones de la civilización. Sin embargo, en la práctica tiene enormes defectos, que de cierta forma nos desaniman a todos los que lo idealizamos.

Como en toda actividad; hay abogados buenos, regulares, y malos. No creo en aquel paradigma urbano y vulgar que afirma: “No hay abogado honesto”. Eso es mentira, conozco muy buenos profesionales del derecho que de forma íntegra han acumulado enormes recursos económicos sin recurrir a la inmoralidad o a la ilegalidad.

No me equivoqué, debía estudiar derecho. Era preciso conocer este mundo para incursionar en otras aventuras intelectuales –como las de escritor, comunicador, o profesor-. Siento gratitud con la vida por haber conocido a mis profesores, a mis compañeros de universidad, a mis colegas con los que trabajé, a mis jefes, y en general, a todas aquellas personas que están involucradas con el derecho.

El viernes pasado, y ése es el motivo de este escrito, escuché en la radio la entrevista que le hicieron a un abogado de una prestigiosa firma de Colombia. Al jurista le preguntaban por un extraño caso relacionado con la constitución de una multitud de sociedades, con el fin de adquirir un predio rural en el sur del país. El caso es complejo, y no quiero entrar en detalles sobre el particular. Pero, lo que me llamó la atención fue una de las respuestas del abogado. Los periodistas –de forma justa o injusta, no lo sé- en un momento dado lo acusaron de leguleyo. ¿Qué quiere decir este término? En el ámbito legal, un leguleyo es una persona que se ajusta demasiado a la norma, perdiendo por un momento la noción del fin de la misma. Todas las normas tienen un fin, pero, muchas veces los que deben aplicar esas normas distorsionan sus objetivos, o incurren en injusticias al apegarse demasiado a éstas. Es difícil explicar esto, lo sé, sobre todo a un público no ilustrado en la materia.

La respuesta del jurista al ataque de los periodistas fue de este calibre –palabras más, palabras menos-: “Para ustedes es una leguleyada, pero es lo que hacemos los abogados sofisticados al interpretar una norma”. No soy un juez o un funcionario de un órgano de investigación, para decidir quién tiene la razón en este caso. Sólo quiero decir que me llamó la atención este término: “Abogados sofisticados”. Después de escuchar la entrevista radial del jurista me pregunté: ¿Qué es eso? ¿Qué es un abogado sofisticado? A mí nunca me enseñaron eso en la carrera, y jamás lo he escuchado en el ejercicio de la profesión. De pronto, sí se utiliza pero yo jamás había oído esas palabras juntas. “Abogado” y “sofisticado” no son expresiones que usualmente uno escuche mencionar de forma conjunta.  

Me imagino que el abogado de esta prestigiosa firma quería decir que la operación sobre la que era cuestionado, era una operación compleja, y que por lo tanto a simple vista podría ser la expresión de una leguleyada, aunque en realidad era una maniobra legítima pero difícil de explicar a un público profano. Eso fue lo primero que pensé. Después acudí a mi memoria “vivencial”, llamémosla así. Esto quiere decir, que acudí a mi experiencia con este tipo de personas. Los abogados de estas prestigiosas firmas -en general- son egresados de universidades privadas, han hecho uno o varios postgrados en Colombia, y también han cursado especializaciones en el extranjero. En la mayoría de los casos hablan más de un idioma. Esas firmas cobran por hora de trabajo, y generalmente lo hacen en dólares. Hay de todo en esas firmas; como siempre, hay buenos, regulares, y malos abogados. El hecho de que un abogado haya estudiado en una universidad privada, haya cursado un postgrado en Estados Unidos, y hable inglés aceptablemente, no lo convierte en un genio o en superdotado. Lastimosamente esas firmas tienen unos criterios bastante superficiales para escoger a sus empleados, pero así funciona no sólo el mercado laboral de los abogados, sino en general, el mercado laboral, lamento decirlo.

Conozco varios amigos abogados que trabajan en esas prestigiosas firmas, y son excelentes profesionales. Pero, también hay varios mediocres, tengo que confesarlo. Cuando el jurista –objeto de la entrevista radial mencionada- hablaba de los abogados sofisticados, para presentarse como algo diferente a los simples leguleyos, acude a su orgulloso título de miembro de tal o cual bufete. Como si eso lo exonerara de responsabilidad.

No hay abogados sofisticados, todos los abogados somos simples defensores de la justicia –o eso creo yo-; todos los abogados tenemos una misión: defender la verdad para que haya paz y armonía en la sociedad. Algunos lo hacen desde la magistratura, otros desde la cátedra, otros desde el litigio, otros desde la oficina jurídica de una empresa o de una entidad pública. Todos los abogados tenemos un deber con la sociedad: lograr la Justicia. No hay operaciones simples y complejas para el mundo jurídico, porque todas las operaciones jurídicas son aplicaciones de la Ley.

Interponer una acción de tutela para proteger un derecho fundamental es tan simple y tan complejo como constituir veinte sociedades y registrarlas en un país europeo. Para el abogado, todos los problemas de los clientes son complejos porque esos ciudadanos están reclamando un derecho, que para ellos es vital. Es tan importante proteger el derecho a la salud de una anciana de noventa años, como defender los intereses económicos de un conglomerado industrial. Para el abogado de verdad, ambos casos son igual de importantes.


Y vuelvo a la anécdota que me sucedió en la universidad. Ese profesor que se burló de mi respuesta tenía o tiene fama de fanfarrón, de soberbio, de arrogante. Años después, cuando yo ya era profesor, me sucedió una anécdota referida a este individuo. Un día, cuando acabé de dictar una clase, y tenía que firmar en la planilla de control de asistencia, me encontré a la secretaria de la Facultad llorando a mares. Le pregunté lo que había sucedido, y me dijo que el citado profesor la había humillado y ofendido. Yo le aconsejé que no le pusiera atención, que todos sabíamos que ese tipo era un patán. Porque paradójicamente, ese profesor también se las da de ser un “abogado sofisticado”. 

¿Menos abogados, más ingenieros?

En el mundo actual, donde saber otro otro idioma es necesario, y donde estudiar una carrera tecnológica es sinónimo de avance, el estudio del Derecho aparece como un obstáculo para el desarrollo. Algunos de los teóricos y de los predicadores del libre comercio han sentenciado: "Los países deben formar menos abogados y más ingenieros". Los países, según ellos, son más competitivos si en ellos se forman más profesionales en carreras como ingeniería o computación. Me parece que esta premisa es equivocada y torpe, por no decir que absurda. Estados Unidos, la primera potencia del mundo, tiene el mayor número de abogados del planeta, la tasa de juristas por cien mil habitantes es la más alta allí, sin embargo, el país del Norte es la principal economía en la globalización. 

El desarrollo de un país no depende del número de abogados que tenga, depende del nivel educativo en valores que transmita a sus estudiantes. Formar más ingenieros, o más médicos, o más administradores de empresas, y menos abogados, no es la solución para los problemas de los países. Los mercachifles del libre comercio dicen que países como Japón, o Singapur, o Corea del Sur, han alcanzado niveles de desarrollo deseables gracias a la inversión que se hace en tecnología, sin embargo, lo que no dicen estos promotores de la competitividad es que estos países son culturas milenarias donde la educación en valores es el centro de estas sociedades. Es secundario en estos Estados el tema de los abogados, o de los médicos, o de los ingenieros; los niños en el Japón, por ejemplo son instruidos en valores como la lealtad y la conciencia colectiva, y no necesariamente les enseñan a componer neveras o aspiradoras en el jardín infantil.  

"Más abogados, más pleitos" decía en televisión uno de estos mercachifles de la competitividad, qué ignorancia tan grande, los abogados precisamente nos formamos para evitar los conflictos, para pacificar los ánimos, para aplicar la justicia, para armonizar la sociedad. Los conflictos son inherentes a la naturaleza humana, no los hemos creado los abogados, más aún, si se acaban los abogados seguirán creándose conflictos entre los hombres, porque es natural al ser humano pensar diferente, actuar diferente, sentir diferente, y por lo tanto los hombres siempre chocarán entre sí.     

La educación en valores es más importante que la educación tecnológica, o que la educación en idiomas. La humanidad necesita mejores personas, y no necesariamente más médicos, o más ingenieros, o más arquitectos, o más abogados. La crisis de la humanidad no es por falta de tecnología, es por falta de conciencia social, por falta de cooperación, por falta de valores éticos y morales. 

Dejen en paz a los abogados, no somos los culpables de los pleitos, al revés, somos los profesionales del Derecho los elegidos para resolver estos conflictos con armonía y con justicia.       

El juez Batman


Termino acuñado por el compañero blawgger Gonzalo Ramírez. El lo hizo de manera jocosa, burlándose de un post mío sobre el juez Hércules y el juez Terminator (ver aquí ese post). Sin embargo, el término me quedó sonando, y creo que le queda como anillo al dedo a muchos de nuestros administradores de justicia.

El juez Batman es aquel que aplica la ley basándose exclusivamente en sus propios conceptos sobre la ley y el derecho, en pocas palabras, es el juez prevaricador. Sin embargo, al querer imponer sus propios conceptos sobre justicia se lleva por delante el ordenamiento jurídico vigente en su país.

Batman es un superhéroe que combate al mal con sus propios métodos, algunos de ellos violentos y al margen de la ley, eso mismo hacen los jueces Batman, sin embargo, como el superhéroe no lo hacen de manera malintencionada o dolosa, sino porque piensan que le están haciendo un bien a la sociedad con sus actitudes justicieras.

El juez Batman puede crear derecho, pero, es obstinado, caprichoso, y puede caer en la delgada línea del malvado burócrata que hace lo que se le da la gana. La diferencia entre el juez Hércules de Dworkin, el juez Terminator, y el juez Batman, es que el primero administra justicia basándose en los principios jurídicos que rigen en la sociedad, el segundo es una máquina jurídica, y el tercero hace lo que se le da la gana en nombre de la justicia. 

El juez Batman muchas veces piensa que el cargo es suyo, y que el servicio público está para su propios deseos egoístas y ególatras. El juez Batman piensa que está haciendo el bien, pero en realidad, está poniendo en peligro el orden social. No es un servidor desinteresado de la sociedad, es un prevaricador que sufre de esquizofrenia justiciera, muchas veces pensando en su propia individualidad, y en los intereses de su propia personalidad. 

No todos los jueces Batman son malos, hay muchos buenos, como Batman, pero como el superhéroe es un personaje que pone en riesgo el orden público social al llevar a cabo una conducta unilateral en nombre de valores supremos o sublimes, en pocas palabras, se arropa en la bandera de la justicia para pasar por encima del ordenamiento jurídico.

Como el superhéroe, el juez Batman es un peligro para sus sociedades, estar al margen de la ley en nombre de la justicia es peligroso, porque la justicia es subjetiva, o mejor dicho, cada sociedad tiene su propio concepto de justicia y eso se traduce en las leyes que componen su ordernamiento jurídico. El juez Batman es un personaje atrayente por su fines, aunque utiliza métodos poco ortodoxos como pasar por encima de la ley y del ordenamiento jurídico.


¿DEBERÍA CREARSE UN PREMIO NOBEL DE DERECHO?

No se preocupen, no he perdido la cordura.Tampoco espero sonar muy ridículo. Pero viendo yo por estos días la entrega de los Premios Nobel de la Paz, de Literatura, de Física, de Química, de Medicina, y hasta de Economía, se me ha ocurrido si deberíamos proponerle al Comité que entrega estos galardones que dedique uno de estos premios al Derecho.
Alfred Nobel, quien creo el Premio que lleva su nombre, lo hizo convencido de que con ellos se podía impulsar un movimiento progresista y pacifista que exaltara lo mejor del ser humano, en los campos donde se entrega este reconocimiento. Independientemente, de las reglas que operan con respecto a esta institución del "Nobel", creo que dirigir un galardón de este estilo a una persona que hubiera promovido en la sociedad la justicia, la armonía, y sobretodo que hubiera hecho un aporte significativo al mundo del Derecho, sería muy conveniente.
El Derecho como creación humana, está definida a promover la convivencia entre los hombres (dice el libro de M.G Monroy Cabra de "Introducción al Derecho"), por esto, creo que no sonaría altisonante permitir que un Premio Nobel se entregue a quien hubiera promovido estos valores.
Ahora bien, en el siglo XX,¿quienes hubieran podido ser merecedores de este premio?, se nos vienen a la cabeza los nombres de Hans Kelsen, de Ronald Dworkin, de John Rawls, de Norberto Bobbio. Sin embargo, pienso que no sólo los académicos son los campeones de la promoción de la justicia en la sociedad, incluso, hay personas que no son abogados y han promovido los valores que defiende esta disciplina (¿arte? ¿ciencia?).
No sé si el Comité Nobel estaría dispuesto a crear un galardón de este estilo, y creo que no, porque por economía procesal lo incluirían en el Nobel de la Paz, pienso yo, sin embargo así como existe un reconocimiento para los mejores en los campos de la Física, o de la Química, o de la Economía, debería crearse un premio internacional para los promotores de la justicia y del Derecho en el mundo, a la altura del Nobel.
Yo sé, es difícil, porque los criterios de justicia, de equidad, varían entre diversas culturas y sociedades, pero hay unos valores en los que todos los seres humanos estamos de acuerdo en proteger (uy!!! me volví iusnaturalista), y por eso se hace necesario fomentar a los movimientos, a las organizaciones, y a las personas que hacen posible que estos valores imperen en el mundo.
No digo que los señores del Nobel amplíen la gama de los premios, pero sí sería interesante que se fundara un reconocimiento para los que han hecho aportes al mundo del Derecho, desde la academia, o desde los estrados judiciales, o desde la política, o desde donde sea.
Suena utópico, casi risible, pero ¿por qué no?


EL PAPEL DEL ABOGADO ANTE LA CRISIS GLOBAL

Una fuerte crisis afecta la economía del mundo. En este escrito no quiero analizar las causas de esta situación, ya que los especialistas en la materia han ilustrado de manera amplia esta coyuntura.
Como este es un blog jurídico, me gustaría saber ¿cuál debe ser el papel del abogado frente a esta situación?, muchos dirán, con toda razón, que el jurista no tiene velas en este entierro, pero ¿será así?, ¿será que el abogado no tiene algo que decir en todo esto?, o ¿está libre de culpa?.
La crisis financiera que ha afectado principalmente a Estados Unidos y a Europa amenaza con provocar consecuencias sobre todo el planeta, no en vano el país del Norte es la principal economía del mundo, y Europa es el continente que junto con Estados Unidos han determinado los destinos del hemisferio occidental en los últimos sesenta años.
Los abogados miramos con expectativa esta crisis, esperamos que los economistas den soluciones salomónicas para enfrentar los problemas, y posiblemente salir indemnes de esta situación.
En este blog, he planteado varias veces lo que debería ser la nueva ética del abogado, la posición del jurista frente a un mundo globalizado, ya que indudablemente estamos viviendo una época de transformaciones y cambios muy drásticos que afectarán nuestras vidas con o sin nuestro querer.
El abogado como representante de la defensa de la justicia tiene un deber frente a estos cambios y frente a estas coyunturas, desde los tiempos de Roma, cuando el ad vocatum de manera honoraria defendía a una persona en un litigio, la justicia ha sido el objetivo de la profesión jurídica. La justicia, que tantos dolores de cabeza nos causa a los profesores definirla, y que después de varios siglos no ha sido posible definirla, pero sí ha sido ilustrada, como una señora que no puede ver pero que tiene una balanza en una de sus manos. Y es que eso es la justicia, es una balanza, un equilibrio, una medida que está en el medio, porque así funciona la naturaleza, con equilibrio.
Ante la crisis global, que no es sólo la financiera, sino también la medioambiental, la social, la del hambre, la de la violencia, los abogados sí tenemos algo que decir, o por lo menos, sí tenemos un papel que desempeñar.
Para aquel abogado que se limita a defender a un cliente y recibir unos honorarios, este artículo sonará como si leyera a Isaac Asimov (cultor de la ciencia-ficción) o a alguna obra de Ray Bradbury, pero para el abogado convencido de su misión como operador de justicia y de verdad, las cosas que suceden le pueden inquietar.
Los abogados, como ya he dicho en otras ocasiones, no podemos perder la perspectiva, la sociedad nos reclama como caballeros que luchan por el equilibrio y la armonía en la sociedad, como seres que buscan la justicia en toda ocasión, y hoy, cuando el mundo se debate entre mil problemas planetarios, que atentan contra la especie humana, el abogado no puede quedarse pacíficamente en su oficina estirando sus tirantas y contando el dinero que le llega a sus cuentas bancarias, porque de pronto si asume de manera pasiva todos estos acontecimientos el curso de la historia y el espíritu del absoluto, como decía Hegel, le pueden dar una desagradable sorpresa, ya que lo que no ayuda no sirve, y si los juristas no ajustamos los criterios de equidad, de equilibrio y de armonía en nuestros entornos, nuestra profesión será revisada inevitablemente por el veredicto de la historia.
Los abogados no podemos permanecer impasibles ante estas crisis que nos agobian, como decía un compañero en un encuentro virtual de blawgers de hace una semana "los abogados no estamos acostumbrados a hablar de la pobreza", y claro porque nuestro objetivo ha sido el de acumular riqueza a través de la operación jurídica, sin detenernos a pensar en el papel esencial del jurista, del que defiende la verdad y los valores, en la sociedad.
Y es que vivimos una crisis de valores, de equilibrio moral, lo bueno se ha transmutado en malo y lo malo en bueno, y los juristas felices jugando golf en el club o tomando whisky en el restaurante. Si el abogado global no recompone su profesión, posiblemente la justicia nos pase la cuenta a los abogados, porque fuimos inferiores a nuestros deberes como operadores de los principios más sublimes de la especie humana. Es verdad, todo en lo humano está en revisión, pero es que desde mi punto de vista como abogado, veo nuestra profesión con preocupación, ya que se ha perdido el rumbo, y obviamente hay exquisitas excepciones, pero en lo general los abogados estamos quedados frente a la crisis global.
Lo global es lo planetario, lo humano, los actuales acontecimientos nos ponen contra la pared, pero muchos no se han dado cuenta, los juristas debemos dar soluciones a la crisis global, en lo medioambiental, en lo social, en la crisis del hambre, debemos colaborar para recobrar el equilibrio planetario, porque en algún momento de nuestra historia, nos perdimos, nos fuimos de forma decadente hacia una modorra de conciencia humana, perdimos el sendero, y nos fuimos por el facilismo del "no pensar", de que las cosas ya estaban hechas, o nos llegaban hechas.
Quiero ver a los abogados proponiendo soluciones, quiero ver a los abogados meditando sobre nuestra profesión en la actual coyuntura, no quiero ver a mis colegas alegando que los yuppies financistas la embarraron, porque es que aquí, y es verdad, todos la embarramos.
Una abogacía llena de valores humanos, con una teleología clara, con una posición frente a la equidad global, eso es lo que quiero ver, quiero ver a mis colegas plenos de pensamiento crítico, de autocrítica también, y de responsabilidad, porque es que aquí ha faltado responsabilidad, se culpa al modelo capitalista, pero el modelo no es el problema, sino los fundamentos sobre los que hemos operado en este modelo, la libertad se convirtió en libertinaje, y el mercado en una ruleta de casino, el capitalismo sí sirve, y los abogados hemos prosperado con este modelo, pero ahora debemos poner nuestra cuota parte de responsabilidad intelectual, para que lo global no nos vea como actores pasivos de una tragedia que quién sabe como resultará al final.
Y ahora con esperanza, colegas abogados miremos hacia el porvenir con honor, no miremos hacia otro lado para camuflarnos en lo que nos toque soportar, sino que asumamos nuestro papel como "artesanos de la sociedad", para que nuestro salario no sólo sea a corto plazo, sino que a futuro, con la cabeza erguida, podamos decir que ayudamos a conjurar la crisis global.

¿ DEBE CREARSE UNA SUPER-CORTE DE JUSTICIA EN COLOMBIA ?

Aprovechando la actual coyuntura de reformas institucionales en el Congreso de Colombia, y de la propuesta de reforma a la justicia, varios académicos y comentaristas han entrado en el debate de si es necesario crear una Super-corte de justicia en nuestro país.
Alguien podría decir que ya existe, y es la Corte Suprema de Justicia, sin embargo, la Constitución de 1.991 le otorgó competencia a este tribunal para que fuera el máximo órgano de la jurisdicción ordinaria en materias civil, penal y laboral. En este sentido, la Corte Suprema es la más alta instancia en estas materias según el ordenamiento jurídico colombiano.
La Corte Constitucional también lo es pero en la jurisdicción constitucional, el Consejo de Estado en la jurisdicción contencioso administrativa es la máxima instancia.
Pero, ¿ es necesario que exista un alto tribunal que defina de manera definitiva todas las controversias ? ¿ incluyendo las tutelas contra sentencias, el juzgamiento de funcionarios que tienen fuero, o la resolución de conflictos de competencias ?. En Estados Unidos sí existe este organismo, y es la Suprema Corte, que está conformada por nueve jueces elegidos por el presidente con aprobación del Senado, y que tienen un periodo vitalicio. La Suprema Corte de Estados Unidos pone punto final a todas las controversias jurídicas que se dan en el país del Norte, y contra las decisiones de ella no procede nada, por lo menos dentro de Estados Unidos.
En Colombia, nuestro sistema de jurisdicciones por materia, determina que existan varios altos tribunales, pero ninguno de ellos está por encima del otro, por lo menos en teoría.
La creación de una Super-corte de justicia tendría varios beneficios:1) Resolver los problemas derivados de los choques de trenes por las tutelas contra sentencias, 2) Servir de tribunal de apelaciones en el caso del juzgamiento de altos funcionarios del Estado, 3) Poner punto final a las controversias sobre conflictos de competencias, aunque esto ya lo hace el Consejo Superior de la Judicatura, 4) Servir de tribunal de última instancia para cualquier controversia judicial en Colombia. Sin embargo, los puntos en contra de la creación de este altísimo tribunal serían: 1) Iría en contra de la división de jurisdicciones, tradicionalmente establecida en Colombia, 2) La elección de este alto tribunal no estaría exento de críticas, independiente del sistema que se utilice para su conformación, 3) Los otros altos tribunales, ya no serían los supremos en su propia jurisdicción, y se crearía un recurso supra-extraordinario que mantendría en vilo muchos casos que llevan años ante el conocimiento de los jueces, 4) Los otros altos tribunales, pasarían a ser organismos intermedios de esta super-corte, desdibujando el sistema de jurisdicciones y competencias por materia, lo que podría ir en perjuicio del conocimiento por especialidad.
Una Super-corte, empero, pondría fin a tanto conflicto por supuestas violaciones al debido proceso, unificaría las posiciones jurídicas del país, ayudaría a la seguridad jurídica, y le daría fortaleza a la institución de la cosa juzgada. Por otro lado, no sabemos si es conveniente crear más burocracia, acentuar los celos entre las diferentes altas instancias judiciales, y crear un nuevo escenario de combate para quienes critican a la justicia por su politización. Esperemos qué trae la reforma a la justicia que se debate en el Congreso.

Los mejores abogados

He visto en algunas revistas las listas de los mejores abogados o de las mejores firmas de abogados, lo cual me ha llevado a reflexionar sobre el perfil del buen jurista.

Un buen abogado es aquel que conoce la ley y la jurisprudencia, aquel que ejerce su profesión con honestidad, y sobretodo aquel que tiene un compromiso con el medio en el que vive, y por lo tanto busca la justicia y la verdad.

¿ Es éste el perfil de los buenos abogados que tenemos en nuestro medio ? Yo pensaría que en ciertos casos sí, pero en la mayoría no. Para la sociedad el buen abogado es quien ha llegado a acumular mucho dinero y riqueza, el que tiene mucho renombre así sea participando en escándalos o en situaciones que generan publicidad excesiva, el que tiene muchos postgrados y sabe hablar muchos idiomas, o el que defiende a los más poderosos de forma independiente de si las causas son justas o no.

Nuestra profesión se encuentra en crisis así no lo queramos reconocer, la imagen que tiene la sociedad del papel del abogado no siempre es la mejor, hay muchas facultades de Derecho, la ética se deja en un campo secundario del ejercicio profesional en ciertas ocasiones, y lo peor y más preocupante: se ha perdido la función esencial del abogado en su comunidad.

Cuando estaba en primer año de Derecho, un profesor me preguntó sobre mi proyección profesional hacia futuro, y yo le contesté: " Quiero ayudar a resolver problemas", el profesor se burló de mí en frente de todos mis compañeros y dijo: "Me imagino que desde pequeño usted siempre ha querido resolver problemas" lo que causó hilaridad en el auditorio para mi disgusto.

Lógico, en el ámbito profesional los abogados ya no son juristas, salvo contadas excepciones, porque la excesiva especialización ha llevado que los profesionales del Derecho se centren en un nicho determinado del ordenamiento jurídico, se sepan de memoria los artículos correspondientes, y cobren los correspondientes honorarios.

En Roma, los ad-vocatums, personas honradas y de mucha cultura ejercían la labor de defensa jurídica de manera gratuita, hoy en día el Derecho es muy lucrativo para muchos, y bienvenido que así sea, pero no podemos descuidar que el objetivo de nuestra profesión es buscar la justicia en la sociedad para que se establezca la armonía y la paz.

Los abogados somos arquitectos de la sociedad, decía un notable jurista colombiano ya fallecido, ¿pero de verdad estamos los abogados ayudando a construir una mejor sociedad? algunos responderán que sí, pero yo quedo con la duda.

El ordenamiento jurídico es cada vez más complejo, y las personas necesitan cada día más de un abogado, pero ¿ eso será bueno para la sociedad ?, un ordenamiento jurídico extenso y complicado lleva por consiguiente a la inseguridad jurídica, y por lo tanto al desorden y al desastre.

La humanidad de nuestros abogados es un punto que he querido tocar, refiriéndome a la responsabilidad social. En las páginas web de algunas firmas y bufetes nota uno un acápite llamado así "responsabilidad social", y consiste en la ayuda probono que dan algunos de esos bufetes a organizaciones que ejercen la filantropía. Me parece muy conveniente esta labor, pero ojalá no sea por pura imagen o porque está de moda.

La filantropía en el Derecho es un punto vital para fortalecer nuestra profesión, pero ¿dónde está?, yo creo que en un espacio muy secundario. Servir en algunos casos probono (sin cobrar honorarios) es sólo una muestrica de un ensayo de querer practicar la filantropía.

Nuestras sociedades necesitan abogados comprometidos con su entorno, y no únicamente para que saquen unas cuantas monedas y den limosna para acallar las voces de la conciencia. El abogado tiene una misión y es estar al servicio de la justicia y de la verdad, ésa es la verdadera filantropía, lo otro no es más que un ropaje de publicidad muy conveniente para atraer más clientes. Con esto no quiero decir que todas las oficinas o bufetes de abogados que practican el ejercicio probono o en sus páginas web que hablan de la responsabilidad social sean ajenas a la verdera filantropía, ya que eso sólo lo saben los mismos abogados y su conciencia, sin embargo, en el ámbito profesional los que estamos dedicados al Derecho sabemos quién es quién, o al que le caiga el guante que se lo chante (como alude el dicho popular).

Los mejores abogados son aquellos que muchas veces no tienen mucha riqueza material pero el ejercicio de su profesión es impecable, son aquellos que sirven a su sociedad de manera realmente útil anteponiendo la justicia y la verdad antes que el poder y el dinero. Los mejores abogados son aquellos que tienen una conciencia de pertenecer a una humanidad, y obran con humanidad, sabiendo que nuestra existencia en esta tierra es momentánea y que lo único que nos llevamos, como decía el inmolado jefe liberal Luis Carlos Galán, es lo que damos. Los mejores abogados son los que tienen como premisa: el servicio a su país, a la humanidad, y dejan en segundo término las ganancias en sus cuentas bancarias.

Un nuevo abogado, el mejor abogado, es el que busca todo lo dicho, ¿se estará cumpliendo con todo esto? ¿ de verdad?, a mi pesar creo que no , la competencia, la deshumanización de la profesión, la super-especialización, la sobrevaloración del conocimiento técnico por encima de los valores humanos, están poniendo a los abogados en una situación muy incómoda. En uno de los capítulos de la serie "Los Simpsons", alguien se preguntaba cómo sería el mundo sin abogados, y la imagen era mitad cómica y mitad devastadora, ya que aparecían todos cogidos de la mano, felices, y el arco iris de fondo. Una sociedad que ve a los abogados como seres que se enriquecen pero que no cumplen una labor constructiva, es una sociedad que cada día verá a los abogados como males necesarios, y en últimas, como males. Eso no lo podemos permitir, los mejores abogados debemos actuar de inmediato para impedir esa inercia, invitar a dar un giro al timón del ejercicio de la profesión, y demostrar que los abogados son útiles y seguirán siendo útiles, y no porque el ordenamiento jurídico sea complejo, sino porque son seres que de verdad buscan construir una sociedad armoniosa y justa.

Al leer estas palabras muchos esgrimirán una sonrisa, como la de aquel profesor que en primer año de carrera se mofó de mí por pensar esto. No me importa, porque creo que los mejores abogados sí sabemos a lo que me refiero.
 

"MICHAEL CLAYTON" UNA PELÍCULA PARA REFLEXIONAR SOBRE LA JUSTICIA

Hace algunos días vi este film, que me puso a reflexionar, en otro blog escribí este post sobre la película, me gustaría que la vieran para ver qué piensan, aquí está el post sobre esta producción:

"Esta película está protagonizada por George Clooney. Narra la historia de un abogado que trabaja para una de la mejores firmas legales del mundo, y de pronto se ve envuelto en un caso que pone a prueba su ética profesional y su concepción sobre la justicia.
La película está nominada para los Oscar como mejor film del año, Clooney está nominado como mejor actor principal, Tom Wilkinson como mejor actor secundario, Tilda Swinton como mejor actriz de reparto, Tony Gilroy está nominado al Oscar como mejor director y por mejor guión original, y James Newton Howard está nominado por la música.
Ya habíamos visto otros trabajos cinematográficos donde se toca el tema de la ética, de la justicia, recordemos a "The insider" donde se narra el litigio de unas empresas poderosas y un informante.
En este caso, también se pone a prueba el criterio de justicia de un abogado, una firma que defiende una causa aparentemente injusta, y unos profesionales del Derecho que deben enfrentarse ante el dilema de defender la verdad o ganar plata.
Una buena película para reflexionar sobre este tema, muy agudo y controversial por cierto, pero que es muy recomendada para estudiantes de Derecho, o simplemente para aquellos que disfrutan de la tensión y el suspenso de los filmes de abogados, sin embargo, no crean que es una historia como otras del mismo estilo, con explosiones, tiroteos, no, la película requiere concentración, estar bien despierto, y tener algo de interés por estos temas. Si a usted le gusta el cine de explosiones y patadas, esta película de pronto lo aburra, pero trate sin embargo de sacarle el jugo, para quienes nos interesa el tema, el film nos impacta, nos pone a pensar, nos preocupa, y nos conmueve.
La producción cuenta también con la actuación de Sidney Pollack, quien le gusta interpretar abogados por lo que veo, un papel muy bien llevado a cabo por Clooney, y un suspenso que requiere de atención, ya que el film no es facilista en muchos apartes.
"Michael Clayton" entra en la categoría de películas que tratan de temas complicados, en la de los filmes con pretensión de enseñanza, y en aquella categoría de películas para ver con cuidado y con mente crítica, aquí no hay concesiones con el espectador, no te dan efectos visuales, una historia para digerir fácil, y vete a tu casa sin más ni más, no, es una historia que nos deja pensando a quienes nos interesan los temas de Derecho, a quienes nos conmueve la ficción que está atada a la realidad.
Si quiere ir a ver algo que lo pondrá a pensar vaya a ver "Michael Clayton", pero no se le olvide que debe poner mucha atención para sacarle totalmente el jugo. Después, si va acompañado o acompañada discuta el film, ya que creo que el director la filmó para eso, para que fuera polémica, para que no dejara una sensación de "oh, ¡ qué patadas!", no, es para discutir, y se discutirá de esta película por mucho tiempo".


REFLEXIÓN SOBRE EL DEBIDO PROCESO Y LA JUSTICIA

En los medios de comunicación de Colombia hemos visto últimamente cómo se han dejado en libertad a ciertas personas que presuntamente han cometido actos delictivos graves, por razones de respeto al debido proceso. Aunque no es del caso entrar a discutir estas decisiones que se hacen con base en normas legales, y las cuales hay que acatar y respetar; es importante tener en cuenta que éste es un derecho fundamental ( el del debido proceso), pero que no se puede vulnerar la justicia por formalismos, o por excesivos formalismos. En nuestro país cuando se habla de excesivo formalismo, se utiliza el término de "santanderismo", sin embargo, más que "santanderismo", lo que hay en Colombia es exceso de respeto a las formas y no de legalismo, lo que puede llevar a afectar la aplicación de la justicia que es el fin en últimas. Hacemos un llamado a los legisladores colombianos para que se hagan ajustes en los procedimientos penales, y estos puedan cumplir con los propósitos de castigar a quienes afecten un bien jurídico tutelado de forma efectiva y certera.

JUSTICIA, VALIDEZ O EFICACIA DE LA NORMA JURÍDICA ¿ CUÁL ES MÁS IMPORTANTE?

Norberto Bobbio afirmaba que la norma jurídica contaba con tres aspectos: la justicia, la validez, y la eficacia de la norma. Los iusnaturalistas le dan preponderancia a la justicia, los iuspositivistas a la validez, y los realistas a la eficacia. Sin embargo, es importante tener en cuenta, tal como muchos iusfilósofos los manifiestan, que los tres aspectos son todos importantes, y que ninguno puede prevalecer sobre el otro. ¿ Qué opinan ?