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Curso de Conceptos Jurídicos Fundamentales



















Comunicamos el derecho

A través de este blog jurídico, y de la página FBG Legal comunicamos el derecho. Promovemos las ideas de justicia, democracia y libertad. Comunicamos el derecho.

#Comunicamoselderecho 

¿El derecho a la libertad de expresión tiene límites?


Hay una frase célebre de Voltaire sobre este tema y que ilustra el problema de manera maravillosa: “Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero daría mi vida para que lo dijera”. Estupendo, eso se llama tolerancia. No estoy de acuerdo con sus ideas, pero sí estoy de acuerdo con que lo pueda decir.

La libertad de expresión es uno de los derechos de primera generación dentro del constitucionalismo liberal, viene desde la Revolución francesa, y es un derecho consignado en la mayoría de las cartas políticas del mundo. Es un derecho inobjetable, que se manifiesta como intrínseco a la naturaleza humana. La facultad de decir o de expresarme en sociedad - mejor dicho públicamente- como yo quiera. 

Como todos los derechos, la discusión sobre su naturaleza absoluta o relativa es cuestión de debate. ¿Tiene límites la libertad de expresión? ¿Cuáles son? ¿Quién los impone? ¿El Estado? ¿El propio individuo? En la mayoría de los Estados que consagran este derecho también hay desarrollo jurisprudencial sobre la materia, como en los Estados Unidos, donde este derecho está incorporado en la primera enmienda de la Constitución.

En el hemisferio occidental la actitud de las cortes y del poder legislativo sobre este derecho es la de ser proclive a una “amplia libertad de expresión” –salvo en algunos países de manera excepcional-, por lo tanto los límites a este derecho están determinados por el daño cierto y claro que se le causen a una persona con ocasión del ejercicio de la libertad de expresión.

En consecuencia, sí hay límites a la libertad de expresión: los derechos de los demás. Y más específicamente cuando se cause lesión cierta a esos derechos. Un ejemplo de límites a la libertad de expresión es la injuria y la calumnia, proclamar públicamente que alguien ha cometido un delito del cual es inocente es inferir daño al derecho de honra o de honor de una persona; lo mismo ocurre con la injuria.  

Sin embargo, ¿qué pasa cuando yo critico de manera violenta o apasionada a un grupo, a una persona o a una ideología? ¿Cuando los ofendo de manera directa, sin inferirles calumnia o injuria? Desde un punto estrictamente legal no abría afrenta por este motivo, y como ya he dicho la actitud de los jueces y de los legisladores en Occidente es la de ser complacientes o amplios frente a esta libertad. Si no hay un daño cierto no hay razón para indemnizar, para retractarse o para ser censurado.

Empero, si bien es cierto el Estado solo entra a regular o a castigar los excesos de la libertad de expresión cuando se ha cometido un daño, también es cierto que debe existir una autorregulación de quien expresa una opinión en público, o incluso, debería existir una especie de sanción social contra quien se extralimita en sus opiniones obscenas, abusivas o violentas contra una persona, un grupo, un sector de la sociedad o una ideología, o una religión.

En los medios de comunicación es común ver columnas, artículos o caricaturas en donde se mofan, se burlan o critican de manera exagerada la actitud de algún político, de algún famoso, o de cualquier persona que se mueve en la esfera pública. En el sistema democrático liberal el Estado no puede entrar a sancionar a nadie por eso, prevalece la libertad de expresión, sin embargo, sí sería necesario la autorregulación, la autocensura, para que estas prácticas no pongan en peligro la estabilidad y la moral social, y no generen un clima de violencia y de hostilidad innecesarios en una comunidad que necesita de todo lo contrario: paz y debate sereno.

La libertad de expresión abusiva, sin que esta libertad abusiva tenga consecuencias legales- debe ser materia de análisis por parte de los opinadores, de los articulistas, de los blogueros, de los periodistas, y de todos aquellos que están acostumbrados a manifestarse en los medios de comunicación masivos. La libertad de expresión también tiene una responsabilidad social, y si bien es cierto el Estado no puede entrar a acallar mis críticas burlonas o sarcásticas contra una persona, un grupo, una ideología, o una religión –salvo que la conducta sí se encuadre dentro de un delito- yo, como opinador público, debería pensar en la construcción y el aporte que mi expresión está dando a la sociedad. ¿Será que esas burlas, esos sarcasmos, esas groserías, son útiles para erigir una mejor sociedad, un mejor mundo? Es un tema de reflexión que también toca con la moral, con los valores imperantes y con la educación.   

La Justicia



Me refiero a la equidad, al orden armónico entre los hombres, no al aparato estatal de dictar fallos. ¿Para qué sirve la Justicia? Para, precisamente, mantener la paz en la sociedad. En una comunidad humana donde la Justicia está ausente no hay civilización, orden, y por lo tanto esa comunidad humana en vez de progresar hacia niveles más altos de desarrollo decae en el salvajismo, en la anarquía.

La Justicia es un tema muy debatido en el derecho porque supuestamente hay diferentes conceptos sobre ella; para algunos es un tema caduco, anacrónico; para otros, la Justicia es lo que determina el legislador, la ley. De cierta forma, la Justicia como concepto está atada al status quo imperante, él dice lo que es justo y lo que no.

La Justicia trata de mantener unas condiciones mínimas de armonía y de paz en la sociedad, porque allí, donde no hay Justicia, los hombres deciden agredirse a sí mismos, deciden simplemente ejercer la facultad de imponer la condición del más fuerte. La Justicia del más fuerte no es justicia, o no es verdadera justicia. Por lo tanto, si aceptamos los postulados del iusnaturalismo, tenemos que decir que sí existen unas leyes universales, unos postulados morales que trascienden a las sociedades, a los hombres, a la artificialidad del Estado.

¿Cómo conocer esos postulados universales? Los iusnaturalistas religiosos, como santo Tomás de Aquino, afirmaban que usando la razón y la fe; los iusnaturalistas racionalistas pretendían que solo utilizando la primera se podía llegar a la verdad. Yo creo que cualquier medio es válido para llegar a esa verdad absoluta, sin embargo, en la vida cotidiana hay muchos ejemplos de aplicación de términos de Justicia utilizando el sentido común.

La tendencia natural del hombre es “hacia lo bueno, lo bello y lo verdadero” afirmaba  Platón; el ser humano quiere el bien, desea el bien, y para eso la naturaleza lo dotó de razón, de instinto, de intuición, de alma, de emociones. El hombre sabe en esencia lo que está bien, y lo que está mal. Matar es malo, robar es malo, engañar es malo, lesionar a otro es malo; no necesitamos una cátedra de moral para saber que ciertas actitudes y ciertos comportamientos son maléficos per se.

Las sociedades, desde la antigüedad, han creado aparatos artificiales para aplicar justicia, para dar justicia. Esos aparatos artificiales son los jueces, los tribunales, las cortes. ¿Cómo aplican justicia esos jueces, esos tribunales, esas cortes? A través de la aplicación de la Ley, de las directrices supremas de esa sociedad. ¿Esas directrices supremas, por el simple hecho de serlas, son justas? No necesariamente, dirían los iusnaturalistas; los positivistas afirmarían que “no importa”, el hecho es que existen esas directrices en la sociedad, y los jueces deben aplicarlas para que haya Justicia en la sociedad. O sea, para los positivistas hay Justicia en la medida que los jueces apliquen la Ley dada por el aparato estatal así esas directrices no se encuadren en un modelo de equilibrio y de virtud universal. Para los positivistas no existe esa moral única, para ellos solo existe el Estado y esas directrices (o normas de conducta) que determinan los parámetros de comportamiento de los componentes de ese Estado.

La Justicia es un valor, que no puede ser desdeñado para favorecer otros fines del Estado, ya que precisamente esos otros fines no se pueden conseguir si no hay Justicia. En una sociedad carente de Justicia los hombres se sienten mal-tratados, se sienten incapaces de progresar, sienten incertidumbre frente al futuro por culpa del desorden imperante en el presente. En una sociedad carente de Justicia el conflicto aparecerá tarde o temprano, habrá sensación de desorden, de marginalidad, y por lo tanto, la oposición hacia el status quo generará ruido en las relaciones sociales que podría desencadenar un caos, y un desmembramiento del Estado.

La Justicia no es valor menor para la sociedad, solo las comunidades humanas con altos estándares de justicia universal pueden salir adelante, pueden progresar, pueden desarrollarse. Y ojo, estamos hablando de justicia universal, no de justicia subjetiva o artificial, porque allí, donde la Justicia es vista como normas relativas de convivencia que pueden cambiar de acuerdo a los valores efímeros y superfluos del momento presente, allí no habrá verdadera Justicia, solo habrá justicialismo que algo diferente a la Justicia.   

El derecho penal debe ser más pragmático


Uno de los objetivos del derecho penal es castigar las conductas que agredan los bienes jurídicos tutelados por el Estado. Otro de los objetivos de este derecho es disuadir a los potenciales delincuentes de cometer hecho ilícitos; y por último, el derecho penal busca con el castigo resocializar a los criminales.

En la mayoría de los sistemas jurídicos civilizados el castigo más utilizado es el de limitar la libertad, la cárcel. Las penas privativas de la libertad son las penas más frecuentes en el derecho penal. Sin embargo, ¿son efectivas esas penas? ¿Sirven realmente para disuadir a los potenciales delincuentes? ¿Sirven para resocializar a los reclusos? La respuesta probablemente sea la de: No.

El derecho penal actual presenta el castigo de limitación de la libertad como un mal menor o como un mal necesario; como que no existe otro castigo; como que no se puede hacer más. Yo pienso que la pena de restricción de la libertad debe ser impuesta en casos extremos, o para delitos mayores –o graves- como el de homicidio, el de secuestro, el de terrorismo, el de acceso carnal violento, agresión con ácido o para delincuentes reincidentes.

Mandar a la cárcel a un delincuente debe ser la excepción y no la regla. Es claro, hay criminales muy peligrosos que deben ser recluidos en centros de detención debido a su inclinación psicológica por “hacer el mal”, son personas que no pueden estar sueltas por ahí. Sin embargo, yo creo que para otro tipo de delitos –como los que atentan contra el patrimonio, o delitos técnicos como captación masiva de dinero- podrían tener castigos basados en el resarcimiento patrimonial o en multas que realmente reparen el daño causado.

Las cárceles están atestadas de gente –por lo menos en Colombia, y creo que en otras partes del mundo también-; la violación a los derechos humanos en esos centros de detención está al orden del día debido a la sobrepoblación carcelaria. Es necesario que las cárceles estén habitadas realmente por criminales peligrosos, por personas que al estar en libertad se convertirían en un peso para la sociedad. Sin embargo, muchas de las personas que están en las cárceles ni siquiera tienen una sentencia encima, y en muchos otros casos esas personas no revisten realmente un peligro para el resto de los ciudadanos.

La pena privativa de la libertad debe ser impuesta –como ya lo expliqué- para delitos graves, mayúsculos, para casos realmente abominables. Hay otros castigos que deberían imponerse y que serían más eficaces para disuadir a los delincuentes, y para prevenir con mejor contundencia el acaecimiento del crimen. Las multas; las penas o sanciones sociales, como la publicación en medios de comunicación masivos de los nombres de los delincuentes; el trabajo social; el trabajo comunitario; el trabajo cívico, como recoger basura o asear andenes; el trabajo agrario, etc.

Al Estado le cuesta mantener un recluso en una prisión, es un gasto. El derecho penal debería pensar que una forma de reducir costos en el gobierno es precisamente el de descongestionar las cárceles. Yo sería –o soy- más proclive a pensar que la multa es un excelente castigo, ¿por qué? Porque a la gente le duele el bolsillo, le duele pagar, le duele hacer emolumentos en los cuales no haya beneficio personal. Las multas son utilizadas comúnmente por el derecho administrativo sancionador pero no por el penal. Yo creo que ya llegó la hora de cambiar penas de prisión o de cárcel por penas basadas en pagar dinero. Sobre todo me refiero a los llamados delitos técnicos en los cuales no se lesionó la humanidad, o la corporeidad de nadie, pero en los que sí se puso en vilo un bien jurídico tutelado como el patrimonio, o el orden económico. Para esos delitos la sanción debería ser la multa. Una multa bien grande. ¿Qué ganan las víctimas de un desfalco, de una estafa, de una captación ilegal de dinero, con tener a los victimarios en la cárcel? Nada; lo que necesitan esas víctimas es que principalmente se les resarza su patrimonio lesionado.

En el siglo XXI debería humanizarse mucho más el derecho penal, que ya de por sí se ha humanizado demasiado desde hace dos siglos y más; pero ahora el reto no es humanizar sino hacer práctico el derecho penal, hacerlo más pragmático; más útil a los requerimientos de la nueva sociedad y de la nueva humanidad que está emergiendo en el horizonte. Cumplir con el objetivo de resocializar al delincuente, y de hacer de los centros carcelarios lugares donde haya dignidad humana y donde el prisionero si ha cumplido con la pena tenga una perspectiva hacia futuro de ser un componente útil a la comunidad que ha ofendido. Una especie de transmutación de personalidades es lo que debería haber en las cárceles, pero eso no se puede hacer si están demasiado sobrepobladas.

Los castigos sociales a veces son más eficaces y más baratos que la reclusión carcelaria. Las listas públicas de delincuentes con sentencia en firme; la publicación de las fotografías de los criminales son más disuasivas – a veces- que encerrar a una persona en una celda por uno, dos, tres o cinco años.

La cárcel debe quedar para la gente más peligrosa, para quienes realmente sean un factor maligno absoluto. Los homicidas, los terroristas, los violadores, los secuestradores, los que atacan con ácido a otra persona, los reincidentes; esa gente sí debe estar encerrada para que reflexione, para que piense en lo que ha hecho, y para que sean analizados con más calma por las autoridades sanitarias de las prisiones: psicólogos, trabajadores sociales, médicos, etc.

El Estado no puede seguir violando los derechos humanos de los prisioneros por falta de dinero; es por esto que desocupar esos centros de detención es necesario para ocuparlos con verdaderos criminales; crear otras penas más eficaces y más disuasivas como las multas, las sanciones sociales, el trabajo comunitario y cívico, y los castigos que tengan como finalidad transmutar, reconvertir, y reeducar al delincuente. El derecho penal debe dejar esa traza histórica de la ley del Talión (“ojo por ojo, diente por diente”) y empezar a ser más realista, menos vengativo y más pragmático.  

Democracia real y democracia virtual


¿Cuál es el mejor sistema político? Esta pregunta ronda las mentes de los filósofos del poder desde épocas milenarias, desde los griegos, pasando por santo Tomás de Aquino, los racionalistas europeos, los liberales, etc. ¿Cuál es el sistema político que asegura mayor bienestar para todos los ciudadanos de una Nación? ¿La democracia?

Hay dos frases célebres, de dos personajes célebres, acerca de la democracia. Una es de Lincoln, que dice: “La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. La otra se le atribuye a Winston Churchill, y dice: “La democracia es el peor sistema político con la excepción de todos los demás.”

Hoy en día, por lo menos en Occidente, estamos de acuerdo con que la democracia es el menos malo de todos los sistemas políticos, y por eso está incluida en todas las constituciones civilizadas del mundo. Le democracia tiene mil defectos pero por los menos es el más presentable de todos los sistemas de poder.

Sin embargo, y no estoy descubriendo que el agua moja, la democracia genera varias suspicacias entre muchos poderosos, o entre los poderosos; entre aquellos que detentan realmente el poder en un mundo capitalista –e incluso en el socialista-.

La democracia es como un mal menor para muchos. ¿Por qué? Porque es el sistema –que en teoría- asegura que la gente se sienta conforme, que la gente no se subleve, que la gente no se enfurezca. Si hay malos gobernantes es porque ustedes –el pueblo- los eligieron, afirman los poderosos.

Si en una dictadura, o en una monarquía absoluta, o en una aristocracia, hay hambre o injusticia, pues el pueblo se siente legitimado para entrar a protestar de manera violenta, porque ellos –los poderosos- están pasándose de la raya. Recordemos la Revolución francesa como ejemplo práctico de lo que he dicho hasta ahora. En la Francia de Luis XVI y de María Antonieta, el pueblo creyó prudente enviar a los reyes a la guillotina por no pensar en ellos, por dejarlos morir de inanición, de miseria.

En la democracia esto es más complejo porque el pueblo es el que elige, y si elige mal pues… aguántense. Ahí está la treta de los poderosos en las actuales condiciones, en los actuales tiempos. En un modelo capitalista de libre mercado hay algunos que acumulan mucho y otros que no tienen nada. Eso es de sentido común. El problema del capitalismo es la acumulación, la desigualdad, la injusticia, el desbalance entre los ricos y los pobres. Al capitalismo le está pasando lo mismo que a la democracia: es un sistema horrible, pero es preferible que el temido socialismo.

En este mundo que vivimos la democracia está incluida en todas las constituciones de los Estados civilizados –como ya dije-, sin embargo, esa democracia real, esa democracia donde todos tienen posibilidades, donde todos pueden asegurar una vida digna, es irreal, no existe. O mejor dicho, existe pero solo en el papel, en teoría.

Como lo ha denunciado el profesor Noam Chomsky en Estados Unidos, la democracia que tenemos en Occidente es una democracia “comprable”, es una democracia que -como todo en el capitalismo- está sujeta a las leyes del mercado, y por lo tanto solo los más poderosos la pueden adquirir para satisfacer sus propios intereses.

Digamos que lo que tenemos realmente es una democracia virtual, una democracia donde en teoría el pueblo es el que elige a sus gobernantes. ¿El pueblo elige realmente a sus gobernantes? ¡Claro! ¡En las elecciones! Sin embargo, esas elecciones donde libremente se escogen a los gobernantes realmente no son tan libres. ¿Por qué? A nadie lo obligan a ir a votar –por lo menos mayoritariamente-, pero, los candidatos que aparecen con mayor opción para ganar son aquellos que han sido apoyados por los poderosos. Mejor dicho, aquellos candidatos que tienen más recursos económicos para sus campañas son aquellos que aparecen con mayor opción para ganar, y son aquellos que son votados por el público en general.

Los poderosos se valen de la libertad del capitalismo y de la democracia para elegir a los gobernantes que protegen sus intereses. El pueblo raso termina siendo un idiota útil de todo esto. El show de la democracia termina siendo solo eso: un show.

Mientras tanto, el pueblo sigue pasando penurias: hambre, injusticia, corrupción, terrorismo, delincuencia, desempleo, etc. Sin embargo, como fueron ellos los que “eligieron” en teoría a sus gobernantes pues no hay forma de protestar, de pedir un cambio contundente. Los poderosos simplemente ríen, se frotan las manos y afirman: “Esa es la democracia”. 

La reelección presidencial



Con el triunfo de Juan Manuel Santos en las pasadas elecciones del 15 de junio se abre nuevamente el debate sobre el tema de la reelección presidencial en Colombia. El mismo Presidente ha tocado el tema, y ha dicho que presentará un proyecto de reforma de la Constitución para acabar con esta institución y alargar el período de gobierno.

Recordemos que la Constitución de Colombia de 1991 prohibió la reelección del presidente, y dejó el período en cuatro años. Posteriormente, durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez se reformó la Carta Magna y en 2006 el presidente en ejercicio se posesionó para un nuevo período consecutivo.

Desde aquel entonces se ha cuestionado la reelección presidencial. La Constitución de 1991 se estructuró teniendo como premisa que el presidente solo ejerciera un período. La autonomía del Banco de la República tenía como fundamento que el presidente solo pudiera escoger a dos codirectores en cuatro años; pero, con la reelección presidencial el jefe de Estado podría nombrar hasta cuatro miembros en este organismo. El presidente también puede nominar al fiscal General de la Nación; pero solo uno por período; con la reelección podría nominar hasta dos.

Otra crítica que se la hace a la reelección es el desbalance en la campaña electoral. El presidente como cabeza de la Rama Ejecutiva a nivel nacional tiene un inmenso poder, por lo tanto sus adversarios siempre estarán en desventaja cuando se trata de competir por la primera magistratura de la Nación.

En Colombia no existe cultura de la reelección presidencial como sí la hay en otros países, como en Estados Unidos, donde la constitución de ese país aseguró una reelección indefinida del presidente. Posteriormente esa norma fue reformada y hoy en día el presidente de esa Nación solo puede reelegirse una vez. En el país del Norte existe la siguiente premisa: el período presidencial realmente es de ocho años, con un plebiscito en la mitad para saber si el jefe de Estado sigue o no.

En Colombia, como ya lo dije, la Constitución estructuró un período de cuatro años. A diferencia de Estados Unidos, en nuestro país no existe esa cultura de la reelección presidencial; por lo tanto, la institucionalidad se ha visto resentida al ver a un jefe de Estado haciendo campaña cruzando peligrosamente o no presuntamente –según sus adversarios- los límites del código disciplinario, o del penal, o del fiscal.

La reelección presidencial es odiosa, antipática, genera sospechas, pero ya está dentro de nuestra Constitución desde 2005. Como abogado pienso que ha generado desniveles, suspicacias, y que sería necesario volver al sistema que implantó la Constitución de 1991.

Sin embargo, creo que nuestro país necesita reformas más urgentes que esta. El problema de la salud, de la educación, de la justicia, de la vivienda, de la pobreza extrema, de la indigencia, de la violencia, de la inseguridad, requieren toda la atención del Congreso. Entrar a reformar la Constitución nuevamente, emitir un acto legislativo, que la Corte Constitucional examine la exequibilidad de la reforma. Todo un proceso largo y tedioso para volver a lo que ya estaba. Prefiero que el Gobierno y la Rama Legislativa se concentren en lo importante, en hacer las grandes reformas sociales que requiere Colombia, lo otro es carpintería institucional, a la cual nos debemos amoldar los colombianos con todas las incomodidades y antipatías que ha generado.

El palo no está para cucharas. Por otro lado alargar el período presidencial es peor. Las nuevas generaciones de gobernantes y de líderes políticos podrían quedar atascados en esos períodos eternos de seis o de cinco años. Me quedo con el período de cuatro años, con una reelección antipática; pero prefiero esto a seguir reformando la Constitución, con un desgaste institucional que debería orientarse a las necesidades inmediatas de la gente, y no al juego político.

Quedémonos como estamos, no sigamos reformando y contra-reformando lo que ya existe, generemos conciencia cívica y ciudadana, enseñémosle a los niños a respetar la Ley, y a ajustarse a las reglas de convivencia vigentes. La “reformitis” que nos gusta tanto a los colombianos dejémosla para hacer los grandes cambios sociales que necesita nuestra Nación; lo otro es seguir pendejeando.    

Séptimo concurso de ensayo en Métodos Alternativos de Resolución de Conflictos



Las cámaras de comercio de Bogotá, Cali y Medellín para Antioquía organizan este concurso dirigido a estudiantes de derecho. La fecha límite de la inscripción es hasta el 22 de agosto, y se premiarán a los tres mejores ensayos. Las bases del concurso las pueden conseguir en:


Igualmente, pueden conseguir más información aquí:


El correo electrónico del concurso es:  ensayosmasc@ccb.org.co

Esta es una buena oportunidad para escribir, para investigar, para proponer, para indagar lo que podrían ser las soluciones pacíficas modernas a las controversias jurídicas. Lo más interesante es que va dirigido a estudiantes, a aprendices de abogados que buscan promover nuevos mecanismos de resolución de litigios por vías no necesariamente judiciales pero sí pacíficas.

Más información: http://bit.ly/1kJPjtP

¿Por qué no soy, ni seré político?


Aristóteles en su célebre libro La política afirmaba que todo hombre tenía una naturaleza política, y que si no lo era se debía a que se trataba de un imbécil o de un ermitaño. Sin embargo, es justo tener en cuenta que el filósofo griego se refería a la vocación pública del hombre y no a la profesión de político.

Hoy en día la política se ha convertido en una transacción de lo público con fines particulares; ya no es el arte de gobernar en interés general. La política se ha corrompido, se ha degradado, y solo ha quedado como una ocupación de comerciantes electoreros.

Hay buenos políticos, también es justo decirlo, pero la mayoría de quienes ingresan en ese mundo actualmente lo hacen para saciar su sed megalómana, y para enriquecer sus bolsillos. El arte de gobernar en interés general solo ha quedado en el papel, en el mundo de las ideas, del deber ser.

La democracia necesita de los políticos, pero se ha vuelto al revés, los políticos se benefician de la democracia. Todo se ha vuelto un negocio de transacciones, de electorerismo en grado sumo. No me atrae ese mundo, para nada.

¿Tiene la culpa el sistema político imperante? ¿La democracia? No lo creo, aunque sí es verdad que los gobernantes son un reflejo de quienes votan por ellos. La democracia permite el autogobierno, y que las personas decidan por su futuro ellas mismas. La democracia es un sistema con defectos obviamente, pero es el mejor sistema para garantizar la libertad de manera institucionalizada.

Para garantizar un mejor funcionamiento de este sistema es necesario asegurar que los gobernados cuenten con una mejor cultura política, con una mejor cultura de lo público, y con una mejor cultura democrática basada en valores positivos. Si no se trabaja en ello la política seguirá corrompiéndose cada día más hasta volverse un simple ejercicio de mercaderes del voto.

En estas condiciones no me atrae la política, no me interesa ser político, creo que soy más útil desde estas esferas, y desde estas trincheras. Accionando sobre el pensamiento, sobre la opinión. Algún día volveremos a ver ese ejercicio noble de lo público, cuando haya una mejor conciencia política. Dar ese salto a la dictadura porque la democracia no sirve, es peor; es un suicidio que toca evitar.

¿Vargas Lleras será presidente de Colombia en 2018?


Juan Manuel Santos anunció en el día de hoy que Germán Vargas Lleras será su fórmula vicepresidencial para el período 2014-2018. No fue sorpresa, todos los medios de comunicación aseguraban que esto sucedería. Era un secreto a voces.

El rumor había generado ciertas reticencias en determinados círculos de la denominada Unidad Nacional. Sin embargo, era obvio que el exministro y exsenador era el candidato natural para esta posición. Vargas Lleras, en su empeño por ocupar el solio de Bolívar, debía aceptar esta nominación; Juan Manuel Santos, para reelegirse, debía estar acompañado por Vargas Lleras. Es una relación de mutuo interés entre estos dos políticos.

No obstante, en las encuestas realizadas a finales del año pasado, el político bogotano y jefe de Cambio Radical mostraba índices de aprobación bastante altos, incluso mucho más protuberantes que los que tenía el propio Santos. Se llegó a pensar que Vargas Lleras daría un salto al costado y que se enfrentaría con el Presidente. Pero esto no ocurrió, ¿por qué? El exministro hubiera podido iniciar una campaña a la Presidencia amparado en estos márgenes de favorabilidad, pero, eso significaría romper los acuerdos de hace cuatro años que se fraguaron entre él y el Presidente, y por otro lado, era probable que los partidos de la Unidad Nacional en su gran mayoría apoyarían al Presidente en su reelección y no a Vargas Lleras. Lanzarse a la Presidencia era una aventura.

Para el nieto de Carlos Lleras Restrepo es más conveniente seguir la fila india, esto es, hacer de segundo de Santos y lanzarse en 2018. La reelección de Juan Manuel Santos está casi que cocinada, a él lo apoyan el partido Liberal, Cambio Radical, el partido de la U, y un sector importante del partido Conservador. Esto le alcanza al Presidente para ser reelegido, aunque no se sabe si aquello ocurrirá en primera o en segunda vuelta.

Con el apoyo de Vargas Lleras, Santos gana puntos dentro de los sectores que ven con desconfianza el proceso de paz que se está llevando a cabo, y obtiene el apoyo de un político que empezó como concejal de Bogotá, que ha presidido el Congreso de la República y que fue ministro del Interior y de Vivienda. Vargas Lleras es un político profesional, su nombre tiene mucho prestigio en varios círculos de poder, y sin lugar a dudas será fundamental para que Santos gane la reelección con mayor comodidad.

¿Podrá ocupar la Presidencia en 2018? Eso depende de varios factores. El primero de ellos depende del éxito que tenga en su labor como Vicepresidente. Santos acaba de asegurar que quiere una Vicepresidencia más activa y más dinámica (¿fue una indirecta para Angelino?), por lo tanto, es obvio que Vargas Lleras no será solo un Vicepresidente de declaraciones mediáticas y de reportajes en los medios. No, él será un Vicepresidente que podríamos llamar como ejecutivo. El segundo factor dependerá de mantener cohesionada la denominada Unidad Nacional. El partido político que apoya incondicionalmente a Vargas Lleras es Cambio Radical, eso se detiene por descontado, ¿pero será que el partido Liberal lo apoyará también en cuatro años en sus aspiraciones presidenciales? Al parecer no, porque Simón Gaviria también quiere despegar en esa pista, y obviamente César Gaviria –su padre- lo estaría apoyando. Los Gaviria mandan en ese Partido desde hace varios años. ¿Qué pasaría con la U? Un misterio mayor, ya que este Partido empezó apoyando al presidente Uribe, después a Santos, pero no sabemos si en cuatro años le jale a una candidatura presidencial de Vargas Lleras. Tal vez, el presidente Santos, uno de los fundadores de esta colectividad, le dé la manito a su Vicepresidente por este lado.

El tercer factor, y no menos importante, es el resultado del proceso de paz que se está llevando a cabo, los diálogos de La Habana posiblemente terminen con la firma de un acuerdo en el Gobierno y la guerrilla de las FARC. En una Colombia sin conflicto armado interno, el papel y el rol de hombres como Vargas Lleras es indefinido. Él tiene fama o imagen de hombre duro, ha sufrido varios atentados contra su vida, y la gente lo asocia con sectores que históricamente han sido inflexibles con la guerrilla. En un postconflicto, no sabemos qué papel juegue Vargas Lleras, ¿será que se decantará por una imagen más social? ¿Será que asumirá el rol de hombre de la seguridad contra lo que quede de factor de perturbación del orden público en Colombia? No lo sabemos, sin embargo, su última actuación en el Gobierno como ministro de Vivienda nos permite asegurar que Vargas Lleras en estos cuatro años tratará de que lo asocien más con temas sociales, pero sin descuidar su faceta anticorrupción y promilitarista.

El cuarto factor, determinante para Vargas Lleras ocupe el solio de Bolívar en 2018, es su competencia por este cargo. Simón Gaviria quiere un puesto en el Gobierno de Santos para impulsar su carrera por la Presidencia. El hijo del expresidente ya fue representante a la Cámara y actualmente es el director del partido Liberal. Gaviria Junior quiere repetir la hazaña de su padre. Un fuerte competidor para Vargas Lleras. Por otro lado, el sector uribista no se puede desdeñar. Si el proceso de paz con las FARC termina siendo un fracaso, es indudable que los opositores de Santos ganarán réditos con este asunto, y en 2018 tal vez lleguen más fortalecidos después de haber disfrutado de las mieles del poder en la Rama Legislativa. No creo que Óscar Iván Zuluaga derrote a Santos en 2014, pero tal vez un Francisco Santos u otro uribista sí pongan a temblar a Vargas Lleras en 2018. El general en retiro de la Policía Óscar Naranjo sería también otro competidor a derrotar. No sabemos al sol de hoy dónde lo pondrá Santos, el exgeneral quería ser Vicepresidente, pero eso ya no se pudo. ¿En qué cargo cuadra mejor Naranjo? ¿De ministro de Defensa? Creo que allí tendría muchas dificultades porque el exdirector de la Policía es general de una fuerza distinta al Ejército, y en las Fuerzas Armadas colombianas quien tiene la primacía es esta Fuerza. Poner a un exgeneral de la Policía como ministro de Defensa generaría reticencias por aquello de las susceptibilidades del honor militar. Lo más probable es que Naranjo termine de embajador, o en una Alta Consejería. Creo que esto le da más combustible a la candidatura presidencial de Vargas Lleras. Otros candidatos como Peñalosa, Martha Lucía Ramírez, Clara López, etc, etc, no creo que le hagan cosquillas al nieto de Carlos Lleras en 2018, pero la política es tan cambiante que cualquier cosa podría pasar.

Ya veremos qué sucede en cuatro años, por ahora es incuestionable el papel favorable de Vargas Lleras en la campaña de reelección de Santos, y su extraordinario acomodamiento en el partidor presidencial del siguiente cuatrienio.

Los abogados sofisticados

Escoger profesión en algunos casos es difícil. Para mí lo fue hasta cierto punto. Cuando acababa el bachillerato, y llegaba aquella época de presentarse a las universidades, también llegaba el dilema del futuro profesional. En mi caso escogí estudiar derecho. Ser abogado, ése sería mi destino. Sin embargo, siempre tuve claro algo en mi mente: quería aprender derecho, el ejercicio de la profesión vendría después.

Cuando ingresé a las aulas del Colegio Mayor del Rosario –donde cursé jurisprudencia- no tenía una visión muy clara sobre qué pasaría después de acabar la carrera. Un profesor –esta anécdota la he contado varias veces- me preguntó en primer año: “¿Cómo se visualiza usted en el futuro?”. Mi respuesta fue: “Quiero resolver problemas”. El profesor hizo una mueca que me resultó bastante desagradable porque era de burla, él exclamó: “¿Desde pequeño usted ha soñado con resolver problemas?”. Todos mis compañeros emitieron una carcajada, el profesor estaba ridiculizando mi respuesta. Después dije que quería ser asesor jurídico, o algo así, para atenuar las risas. El profesor me corrigió con su habitual arrogancia: “Es mejor decir que quiere ser consejero, asesor es una palabra pasada de moda”.

Hoy en día, y varios años después de graduarme de abogado, todavía me pregunto si escogí bien mi carrera. El ejercicio de la profesión de abogado es difícil, está llena de vericuetos, enredos, malas prácticas, y sobre todo mucho aburrimiento. Es el precio que pagan los abogados por obtener enormes cifras en honorarios, dicen algunos. Y es verdad, uno puede volverse millonario siendo abogado. De hecho, conozco muchos colegas que nadan en dinero ejerciendo la profesión. Sin embargo, la vida me ha enseñado que el dinero no es todo en la vida. Muchos sonreirán cuando lean esto, estoy seguro. Pero es la verdad, el dinero no puede ser la principal motivación para ejercer una carrera o un oficio. Quienes se dedican a una ocupación por dinero terminan destruyendo sus vidas, porque encierran sus sueños en clósets, y esos sueños –como cadáveres putrefactos- empiezan a emitir mal olor y a carcomer las conciencias.

Me gusta el derecho; lo entiendo, lo admiro, y lo critico. Como profesor he sentido alegría al observar los emocionados rostros de los alumnos, al verme exponer algún tema jurídico –aunque también he visto desdén y aburrimiento, a decir verdad-. Sin embargo, el derecho me ha servido mucho. Me ha dado una visión de la realidad en la que nos movemos, una descripción de la entelequia que hemos creado los seres humanos para vivir. El derecho es una hermosa creación humana, es una de las mayores expresiones de la civilización. Sin embargo, en la práctica tiene enormes defectos, que de cierta forma nos desaniman a todos los que lo idealizamos.

Como en toda actividad; hay abogados buenos, regulares, y malos. No creo en aquel paradigma urbano y vulgar que afirma: “No hay abogado honesto”. Eso es mentira, conozco muy buenos profesionales del derecho que de forma íntegra han acumulado enormes recursos económicos sin recurrir a la inmoralidad o a la ilegalidad.

No me equivoqué, debía estudiar derecho. Era preciso conocer este mundo para incursionar en otras aventuras intelectuales –como las de escritor, comunicador, o profesor-. Siento gratitud con la vida por haber conocido a mis profesores, a mis compañeros de universidad, a mis colegas con los que trabajé, a mis jefes, y en general, a todas aquellas personas que están involucradas con el derecho.

El viernes pasado, y ése es el motivo de este escrito, escuché en la radio la entrevista que le hicieron a un abogado de una prestigiosa firma de Colombia. Al jurista le preguntaban por un extraño caso relacionado con la constitución de una multitud de sociedades, con el fin de adquirir un predio rural en el sur del país. El caso es complejo, y no quiero entrar en detalles sobre el particular. Pero, lo que me llamó la atención fue una de las respuestas del abogado. Los periodistas –de forma justa o injusta, no lo sé- en un momento dado lo acusaron de leguleyo. ¿Qué quiere decir este término? En el ámbito legal, un leguleyo es una persona que se ajusta demasiado a la norma, perdiendo por un momento la noción del fin de la misma. Todas las normas tienen un fin, pero, muchas veces los que deben aplicar esas normas distorsionan sus objetivos, o incurren en injusticias al apegarse demasiado a éstas. Es difícil explicar esto, lo sé, sobre todo a un público no ilustrado en la materia.

La respuesta del jurista al ataque de los periodistas fue de este calibre –palabras más, palabras menos-: “Para ustedes es una leguleyada, pero es lo que hacemos los abogados sofisticados al interpretar una norma”. No soy un juez o un funcionario de un órgano de investigación, para decidir quién tiene la razón en este caso. Sólo quiero decir que me llamó la atención este término: “Abogados sofisticados”. Después de escuchar la entrevista radial del jurista me pregunté: ¿Qué es eso? ¿Qué es un abogado sofisticado? A mí nunca me enseñaron eso en la carrera, y jamás lo he escuchado en el ejercicio de la profesión. De pronto, sí se utiliza pero yo jamás había oído esas palabras juntas. “Abogado” y “sofisticado” no son expresiones que usualmente uno escuche mencionar de forma conjunta.  

Me imagino que el abogado de esta prestigiosa firma quería decir que la operación sobre la que era cuestionado, era una operación compleja, y que por lo tanto a simple vista podría ser la expresión de una leguleyada, aunque en realidad era una maniobra legítima pero difícil de explicar a un público profano. Eso fue lo primero que pensé. Después acudí a mi memoria “vivencial”, llamémosla así. Esto quiere decir, que acudí a mi experiencia con este tipo de personas. Los abogados de estas prestigiosas firmas -en general- son egresados de universidades privadas, han hecho uno o varios postgrados en Colombia, y también han cursado especializaciones en el extranjero. En la mayoría de los casos hablan más de un idioma. Esas firmas cobran por hora de trabajo, y generalmente lo hacen en dólares. Hay de todo en esas firmas; como siempre, hay buenos, regulares, y malos abogados. El hecho de que un abogado haya estudiado en una universidad privada, haya cursado un postgrado en Estados Unidos, y hable inglés aceptablemente, no lo convierte en un genio o en superdotado. Lastimosamente esas firmas tienen unos criterios bastante superficiales para escoger a sus empleados, pero así funciona no sólo el mercado laboral de los abogados, sino en general, el mercado laboral, lamento decirlo.

Conozco varios amigos abogados que trabajan en esas prestigiosas firmas, y son excelentes profesionales. Pero, también hay varios mediocres, tengo que confesarlo. Cuando el jurista –objeto de la entrevista radial mencionada- hablaba de los abogados sofisticados, para presentarse como algo diferente a los simples leguleyos, acude a su orgulloso título de miembro de tal o cual bufete. Como si eso lo exonerara de responsabilidad.

No hay abogados sofisticados, todos los abogados somos simples defensores de la justicia –o eso creo yo-; todos los abogados tenemos una misión: defender la verdad para que haya paz y armonía en la sociedad. Algunos lo hacen desde la magistratura, otros desde la cátedra, otros desde el litigio, otros desde la oficina jurídica de una empresa o de una entidad pública. Todos los abogados tenemos un deber con la sociedad: lograr la Justicia. No hay operaciones simples y complejas para el mundo jurídico, porque todas las operaciones jurídicas son aplicaciones de la Ley.

Interponer una acción de tutela para proteger un derecho fundamental es tan simple y tan complejo como constituir veinte sociedades y registrarlas en un país europeo. Para el abogado, todos los problemas de los clientes son complejos porque esos ciudadanos están reclamando un derecho, que para ellos es vital. Es tan importante proteger el derecho a la salud de una anciana de noventa años, como defender los intereses económicos de un conglomerado industrial. Para el abogado de verdad, ambos casos son igual de importantes.


Y vuelvo a la anécdota que me sucedió en la universidad. Ese profesor que se burló de mi respuesta tenía o tiene fama de fanfarrón, de soberbio, de arrogante. Años después, cuando yo ya era profesor, me sucedió una anécdota referida a este individuo. Un día, cuando acabé de dictar una clase, y tenía que firmar en la planilla de control de asistencia, me encontré a la secretaria de la Facultad llorando a mares. Le pregunté lo que había sucedido, y me dijo que el citado profesor la había humillado y ofendido. Yo le aconsejé que no le pusiera atención, que todos sabíamos que ese tipo era un patán. Porque paradójicamente, ese profesor también se las da de ser un “abogado sofisticado”.